LA IMPORTANCIA ESTRATÉGICA DEL ECOSISTEMA MÁS EXTENSO DEL PLANETA
Durante cientos de años, mucho antes de que los españoles llegaran a conquistar las tierras americanas, los páramos que circundan la extensa sabana de Bogotá fueron el hogar de decenas de familias indígenas del grupo lingüístico Chibcha.
Allí se desarrolló una cultura indígena producto de la mixtura entre lo humano y la adoración al Dios sol y a la madre tierra.
Cuenta una leyenda que, en algún momento, de ese mundo sobrenatural emergió el gran Bochica y con él la laguna de Iguaque. Fue entonces cuando los páramos y lagunas se transformaron en lugares sagrados y centros de ceremonia religiosa.
Para la época de la Conquista española, los páramos que circundan la gran sabana de Bogotá se convirtieron en albergues de paso para conquistadores como Nicolás de Federmán.
Pero fue entre 1.576 y 1737 que con la fundación de los primeros municipios comenzó a integrarse lo que hoy conocemos como el Páramo de Sumapaz, que se extiende desde de la aldea de Nazareth, en Usme, hasta el río Duda que limita a los actuales departamentos de Cundinamarca y Meta.
Entonces como ahora, sus campesinos siguen viviendo del cultivo de maíz, papa, cubios, arveja, hierbas aromáticas y tubérculos que arrancan de la fría tierra del frailejón.
Y como ha sido costumbre en todos los procesos agrarios colombianos, a inicios del siglo comenzaron a aparecer las cercas para delimitar propiedades privadas, y con ellas los primeros asomos de disputas territoriales.
Pero fue, justamente, hacia los años 1960, después de El Bogotazo, que las montañas de la Cordillera Oriental comenzaron a tener un valor estratégico mucho más allá de lo paisajístico, ecológico y ambiental, a pesar de que en sus pliegues nacen varios ríos que surten del líquido a Bogotá y a los diez municipios que forman parte de la Provincia del Sumapaz.
A comienzos de la década del 90, terminados los diálogos de Casa Verde, ya el páramo estaba tomado en buena parte por la guerrilla de las Farc, que en su VII Conferencia Nacional decidió como objetivo estratégico tomarse a Bogotá.
Para entonces ya el cañón del río Duda era el principal fortín de las Farc que les permitía a pocas horas a lomo de mula llegar hasta La Uribe, en el Meta, y desde ahí llegar hasta La Macarena, en el Caquetá.
Después de decenas de tomas sangrientas de pueblos, emboscadas a patrullas de la Fuerza Pública y cientos de muertos, el Ejército hizo presencia en la zona con un batallón de Alta Montaña. Eso fue en 2000.
Un año después, en el Alto de Las Águilas, zona estratégica del municipio de Cabrera, a más de 3.500 metros de altura sobre el nivel del mar, fueron ubicadas las dos bases militares que le permiten al Estado controlar el paso del corredor más estratégico del centro del país, pues conecta a Cundinamarca con sus vecinos Meta, Huila y Tolima, a través del espinazo de la imponente Cordillera Oriental.
El propósito del Estado no fue otro que desterrar de Cundinamarca, entiéndase de las goteras de la ciudad capital, a los frentes 22, 51 y 53 de las Farc, como efectivamente ocurrió una década después.
Es por ello que lo que sucede hoy en el extremo sur de Bogotá, que forma parte de la localidad 20 de Usme, ha sido entendido por los expertos en defensa y seguridad como un intento de las disidencias de las Farc por darle vida a lo que llaman ‘la Segunda Marquetalia’, es decir el resurgir de esa guerrilla.
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“No sabemos si ‘Gentil Duarte’ –jefe de las disidencias en el sur del país-, uno de los vástagos del ‘Mono Jojoy’, esté pensando en tomarse nuevamente el páramo para resarcirlo o para hacer presencia con la nueva Marquetalia. Pero de ahí a que esto sea un asunto de mayor cuidado, no lo veo tan inminente”, sostiene el excoronel del Ejército Carlos Alfonso Velásquez, quien entre 1992 y 1993 comandó la Escuela de Artillería, encargada de proteger ese flanco de la ciudad.
Desde ahí se sale al norte del Huila y Caquetá y Meta, pero no estamos en época para que las Farc puedan hacerlo tan fácil.
Paradójicamente, el lado más humanista de la importancia estratégica de las 311.000 hectáreas que hacen del Sumapaz el páramo más extenso del planeta, está en su gente.
“Se trata de una población muy antigua que se fue asentando en un terreno donde hace muchos años hubo una gran hacienda del mismo nombre. Los campesinos lucharon durante muchos años por tener acceso a la tierra, que pudieran tener vías, que pudieran sacar sus productos, pero lastimosamente así como es la localidad más extensa de Bogotá en términos físicos, también ha sido la más olvidada por décadas”, afirma el historiador y exconcejal de Bogotá, Juan Carlos Flórez.
El académico muestra con una anécdota cómo han tenido que vivir los campesinos del páramo durante toda su vida. “Una vez fuimos varios concejales en misión oficial a un evento en Usme. Cuando llegamos a un retén del Ejército, nos identificamos y seguimos, y a menos de cien metros había otro retén, pero de la guerrilla”, cuenta.
Flórez, que ha sido catedrático en varias universidades, dice que desde hace varias décadas a Sumapaz “no se le tiene en cuenta en los planes de Bogotá”, tanto así que es vista apenas como una zona rural que “depende del Ejército”.
Sin embargo, son cerca de 12.000 los habitantes de Usme (localidad 20 de Bogotá), pero más de 270.000 los que integran los diez municipios de la Provincia del Sumapaz de Cundinamarca: Fusagasugá, Silvania, Tibacuy, Pasca, Arbeláez, Pandi, San Bernardo, Venecia, Cabrera y Granada.
Sin embargo, en los mapas oficiales incluye como parte de la provincia al corregimiento de San Juan, al nororiente parte del Tolima (Icononzo, Villa Rica y los corregimientos de El Palmar, Nuevo Mundo, Alpes, El Roble, Mercadilla, Núñez, La Colonia, La Pradera, El Duda) y va hasta el Pato y La Uribe, en el Meta.
El exconcejal Flórez dice que muestra del abandono estatal del Sumapaz es la expectativa de vida de sus habitantes.
“Hay estudios que demuestran que la expectativa de vida de los habitantes de Sumapaz es ocho años menor que la del resto de la ciudad. Eso es entendible: tienen una tradición campesina muy antigua, tienen una gran riqueza natural pero se alimentan solo de lo que cultivan, tienen más dificultad para el acceso a los servicios de salud, de educación de bienestar. Eso marca la diferencia”, asegura el experto.
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