La raíz de la famosa terapia del doctor Viktor Frankl se basa en un “optimismo trágico” que se presenta como una necesidad existencial para poder enfrentar las verdades ineludibles de la vida: la muerte, el absurdo y la insatisfacción. Para Alejandro Gaviria esta perspectiva sería de suma importancia en un país que tiende a percibir la realidad desde lo negativo: en el deleite del fracaso y en el espectáculo del sufrimiento ajeno. La fracasomanía que expone Gaviria como propia de nuestro país, se acrecienta ante “la brecha de optimismo, la polarización política y el papel de los medios de comunicación”. Quiero ampliar este concepto en el campo educativo y laboral.
Una carga diaria de negatividad
La postura de Gaviria tiene raíces en la enseñanza de Frankl sobre cómo la superación del dolor no se produce a través de la negación o la síntesis de los opuestos. Los medios de comunicación serían una muestra de ello ya que muchos de ellos han dejado de investigar y exigir responsabilidad política a los funcionarios y, a su vez, se ha dejado en el olvido que ellos son interpretación de la realidad, y no su simple reflejo.
Si se espera otro acceso a la información sobre nuestra realidad este se da en el ámbito de la educación, pero aquí tenemos otro problema. Cuando las universidades se convierten en empresas, como ha venido ocurriendo sistemáticamente durante la última generación, como parte de un asalto neoliberal general a la población, las investigaciones en torno a algunas interrogantes fundamentales relativas a la manera en la que comunidad universitaria percibe las contradicciones entre el fuerte capitalismo y una educación democrática, estas se ven manifiestas en las formas en que se asume este antagonismo, en los equilibrios que admite y en los límites estructurales que el primero impone.

Lo que le da forma de promesa y atracción a este neoliberalismo es la lógica donde la persona solo es plena en un continuo consumo que le permite moldear su autovaloración de sí. Por ello a través de distintas técnicas dirigidas por “coachs de la mente” se introduce una sutil forma de dominación contemporánea: la del éxito y el fracaso.
Todas estas son técnicas forjadas en el disciplinamiento, adoctrinamiento y control. Como lo expresa Chomsky: “es muy similar a lo que uno espera que ocurra en una fábrica, en la que los trabajadores fabriles han de ser disciplinados, han de ser obedientes; y se supone que no deben desempeñar ningún papel en, digamos, la organización de la producción o en la determinación del funcionamiento de la planta de trabajo: eso es cosa de los ejecutivos”. Y nuestras mejores instituciones se han ido transformando en grandes emporios.
Si bien se puede argumentar que en estas empresas de la vida, la superación es el valor que motiva a la persona a perfeccionarse a sí misma, venciendo los obstáculos y dificultades que se presenten, en lo que concierne a los asuntos más humanos, como lo son la enfermedad o la discapacidad, el mundo neoliberal nos revela su cara oculta y es que requerimos de seres sumisos que se convierten en héroes y heroínas frente a los otros ya que deben mostrar siempre su mejor cara y reflejar sacrificios a veces “inhumanos” para que los demás los valoren o los traten como “normales”.
Esta es la imposición del modelo de negocios en todos y cada uno de los aspectos de la vida: tenemos la posibilidad de triunfar en la vida de alguna forma y depende sólo y exclusivamente de nosotros mismos. En conclusión, el sistema está hecho para que triunfes, si algo falla es que ¡tú fracasaste!
Síndrome del trabajador quemado
El dolor que se reprime diariamente hace manifestaciones tan variopintas como lo es el miedo. Como sociedad somos un conjunto de individuos dominados por múltiples miedos y muchos silencios. Sabemos de ellos por los miles de casos de estrés crónico y agotamiento. El miedo a no dar la talla ante un posible puesto de trabajo o en situaciones que puedan desencadenarse en él, existe. Se llama “ergofobia”, como lo expresó el recientemente fallecido profesor Punset. El miedo al dolor hace parte del complicado problema del miedo al fracaso. Y esta sociedad que educa para el éxito y requiere educadores exitosos es promotora de la analgesia y ve en el dolor humano solo un “factor más” el cual superar, negar o suprimir. Ser y asumirse vulnerable no es parte de una mal llamada “ética del éxito”. Es por ello que una comunidad que ha atravesado década tras década múltiples conflictos y diversos modos de violencia que surgen ante la incapacidad de la palabra y del pensamiento libre, es una comunidad que acoge a ese neoliberalismo como el camino a la felicidad. Que ve en el consumo no la desigualdad sino la oportunidad. Que ve el éxito como el fin sin importar los medios. Y que, por último, es dirigida por hombres dispuestos a asumir acciones reprochables, por el logro de su tarea pública. ¿De qué se alimenta nuestra sociedad colombiana? Del triunfo de la ceguera moral, de la indolencia y de la incapacidad de ver, comprender y asumir la bondad humana. Solo nos centramos en lo negativo de las situaciones, en el lado oscuro de todo conflicto como formas enfermizas del resentimiento, de la incapacidad para cambiar de postura o, peor aún, como una puerta abierta al negacionismo.
El dolor decía Jünger “es una de esas llaves con las que abrimos las puertas no sólo de lo más íntimo, sino a la vez del mundo”. Saberse vulnerable es el conocimiento que nos abre las puertas a la compasión. Aceptar nuestras “catástrofes existenciales” según Kabat-Zinn hace parte del “arte de vivir conscientemente”. Y respecto a nuestra manera de ver el mundo, a pesar de la sangre, de los lamentos, de las grandes mentiras, tenemos la capacidad de la dicha y la bondad. Como expresó Grossman “el mal permanece imperturbable desde que el mundo es mundo pero por doquier crece la bondad como se expande el grano de mostaza”. Aquí es donde como académicos, docentes y seres humanos la palabra nos toca para narrar el bien desde las cenizas del Fénix.
* Doctora en Filosofía. Docente e investigadora.