El coronavirus y el revés de lo público, entendido como el ponerse uno por encima de los otros, descubren la vulnerabilidad de la vida. Nueva entrega de la alianza entre EL NUEVO SIGLO y la Procuraduría General
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El distanciamiento social necesario para la contención de la pandemia actual se conjuga con el fortalecimiento del espacio público mediante diversas formas de comunicación e intercambio de perspectivas sobre un asunto de incuestionable interés público común. Se hace evidente, entonces, que el espacio público-político es irreductible a una figura física, antes bien constituye la interacción requerida para la formación de opinión pública.
Sin duda, la coyuntura despierta la conciencia por el cuidado justamente de lo común, inherente a la ética de lo público, esto es, de lo compartido y configurado entre todos. Aquello tejido entre nosotros cobra todavía más sentido cuando el presente en su contundencia nos advierte la responsabilidad individual y colectiva, implicada en el entrecruce de acciones conjuntas, fuente de la realidad pública. De modo que desaparece por fortuna la idea de lo público como tierra de nadie y botín de unos pocos para despertarnos de toda indiferencia y resistirnos a toda trivialización de lo común y compartido, a todo desprecio por lo cotidiano, pues hoy se descubren origen de un mundo, siempre inconcluso. Abierto a los nuevos comienzos, característicos del pensamiento de la filósofa política Hannah Arendt, el mundo, el cual surge entre unos y otros, pone de manifiesto el riesgo implicado en el abandono de lo público.
El coronavirus y el revés de lo público, entendido como el ponerse uno por encima de los otros, descubren la vulnerabilidad de la vida en un mundo que merece repensarse para construir participativamente un sentido nuevo de nuestra realidad. Una realidad de país indesligable del sentido de nuestra propia existencia si aceptamos que no hay ser humano sin mundo, ni mundo sin trama. Configuradores de mundo, comprendido como entramado de relaciones, tomamos conciencia del peligro que significan la indiferencia y la renuncia a una potencial transformación frente a la naturalización de la corrupción, cuyos estragos hoy asumimos con profunda indignación. Porque el truco del personaje corrupto es hacer invisible lo que bajo la luz pública aparecería claramente contrario a la ética de lo público. Refundido entre distintos asuntos humanos, semejante flagelo pasa por un fenómeno cotidiano como si el mundo de la vida cotidiana careciera de toda significación y sentido común. Nada más alejado de la verdad.
La grandeza de lo sencillo
En la extrañeza del mundo cotidiano se manifiesta la rutina, pero también la creatividad, procurando originalidad a esa realidad compartida, suelo de nuestras certezas, sin ignorar el carácter provisional de las mismas. Desde esta perspectiva, la ética de lo público se muestra conexa a la experiencia humana de vínculo que, si bien excede toda cotidianidad, tiene en esta sus raíces. Un cuidado por lo común se traduce en un cuidado por lo público, inexistente este último sin la presencia de los individuos concretos, su decir y su actuar conjunto. Ello cobra relevancia pública siempre y cuando nos esforcemos en hacer visible el hecho de que las prácticas corruptas, opuestas a las prácticas genuinamente políticas- participativas, transparentes e incluyentes- quebrantan el tejido del mundo, implicado directamente en la coexistencia y la supervivencia humana.
Los hechos corruptos, faltos de sentido común, pasan por encima de la dignidad de las personas e instrumentalizan las relaciones, desdibujando las coordenadas orientadoras del actuar en medio del mundo público. Efectivamente hacer del Otro un medio para alcanzar los fines propios, que sin duda es lo opuesto al imperativo categórico kantiano, sumo principio moral, se normaliza en contextos socioculturales cada vez más amplios generando modos de coexistir, de estar-en-el-mundo-con-otros, desprovistos de todo cuidado no sólo por sí mismo, por los demás sino por el presente. Fallar en el compromiso con el presente significa no estar situado en el mundo compartido, ignorar dónde estamos parados y cual rumbo habremos de tomar.
La pregunta clave
¿Actuar de manera corrupta me hace una persona corrupta? Adscrito al engaño y a la falsedad, quien es corrupto probablemente responderá que no. Siguiendo esta lógica terminaríamos actuando de una manera, pero existiendo de otra. De inmediato, resuena el tono contradictorio de tal consideración para los lectores, empero, quien ha hecho de la corrupción una práctica habitual también hace de esta la inspiración de su vida, sin llegar a admitirlo. Su existencia depende desde entonces de elementos puramente circunstanciales y con una tremenda ceguera que le impide conocer su tragedia.

No quiero decir que esa persona se encuentre privada de conciencia o de responsabilidad frente a sus actuaciones ¡Ni más faltaba! Tampoco pienso que la virtud no sea dramática e involucre complejas tensiones. La reflexión intenta poner de presente los sucesos cruelmente verídicos capaces de arrasar con las posibilidades de vida digna, no sólo de los mismos individuos sino de sociedades enteras. Noten que ahora hablo de corruptos y no de prácticas corruptas, desprovistas ciertamente de toda solidaridad. Aún más cuanto que, como lo hemos visto, las personas corruptas en su cómodo ensimismamiento evaden la pregunta clave acerca de ¿qué significa en la sociedad contemporánea una existencia digna, un individuo decente y solidario?
Un acertijo por descifrar
Casi sin darnos cuenta, mantenemos una fuerte relación con la noción de mundo como algo añadido, carente de toda significación, por consiguiente, ajeno a cualquier interpretación y sentido. ¿Dónde empieza el riesgo de tan rampante equivocación? Posiblemente en la pérdida del sentido público que hace humano al mundo. Un mundo inescindible de lo humano de nosotros mismos en tanto individuos contingentes, diversos y potencialmente libres. A menudo trivializamos la experiencia de vínculo implicada en ser habitantes tanto como configuradores de un mundo, inexistente sin su naturaleza pública. Ello facilita una invisibilización de la trayectoria vital del mundo compartido, que parece cada vez más abandonado no por efectos de la pandemia, sino por el olvido de lo público, esto es, de lo plural, común y participativo. Aventurera como es la existencia humana, resulta sinsentido asumirnos personajes con guiones hechos de antemano, condición contraria a la libertad y a toda iniciativa propia, lo cual en últimas nos eximiría de cualquier responsabilidad. Por fortuna, la noción de un mundo inconcluso deja abierta la posibilidad para la constitución una y otra vez de espacios público-políticos, participativos, por ende, donde la puesta en común confiere perspectividad al tratamiento del asunto pertinente, generando resistencia al manejo inescrupuloso de los recursos, oportunidades y relaciones ciudadanas. Son tiempos de tomar conciencia del impacto que cada hilo singular tiene en el tejido de una realidad cuya configuración está en nuestras manos, no como fruto de una suma o de una resta, sino como horizonte de una interacción cotidiana con sentido, cuidado y responsabilidad: semillas de vida plena para los habitantes de un mundo común compartido.
* Consultora en Políticas Públicas