| El Nuevo Siglo
Foto cortesía Presidencia
Martes, 7 de Mayo de 2019
Redacción Política
“Aunque nunca se puso la banda presidencial, creo que su memoria y su gloria, es propia de un expresidente de la República”, sostuvo el Jefe de Estado

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Durante un homenaje a Álvaro Gómez Hurtado, por el centenario de su natalicio, el mandatario Iván Duque develó un óleo y anunció que la Sala de Juntas del Presidente de la República, ubicada en la Casa de Nariño, llevará el nombre del líder político, quien también fue periodista, profesor, artista y poeta.

Tras relatar la manera como conoció a Gómez Hurtado, el presidente Duque hizo una serie de reflexiones sobre las distintas facetas del homenajeado.

El político

(…) Siempre he guardado el recuerdo de sus lecciones y no hay un solo día, desde que ejerzo la Presidencia de la República, que no piense en él y en cómo una persona de su grandeza nunca estuvo sentada en el solio de Bolívar.

Por eso este encuentro, que es para recordarlo con alegría y sin tristeza, nos tiene que servir para preguntarnos por las distintas facetas de Álvaro Gómez Hurtado, empezando por Álvaro Gómez el político.

Porque en alguna de nuestras conversaciones me hablaba de un libro de (Jesús) Reyes Heroles, el mexicano, que se llamaba Mirabeau o el político.

Y en esas conversaciones, decía él: El político debe tener siempre una responsabilidad con la historia, más que con la codicia. El buen político no puede tener ni apegos materiales, ni puede ser esclavo del dinero o de la adulación.

Y Álvaro Gómez fue eso, un político en el sentido clásico de la palabra. Un hombre que nutría sus ideas constantemente con sus lecturas.

Que disfrutaba la controversia, que celebraba el antagonismo, que no tragaba entero. Y que entendía que era en la controversia de ideas con quienes no pensaban igual como se construía un mejor intelecto y una forma mucho más diáfana de entender la realidad nacional.

Álvaro Gómez el político era amigo de sus amigos, pero era un hombre que celebraba siempre el diálogo social, el diálogo popular.

Siendo muy niño, conocí un libro que se llamaba Álvaro Gómez informal, una entrevista que realizó con Óscar Castaño Hernández, que fue publicado por Oveja Negra. Que era el libro que acompañaba en su última candidatura presidencial en los años 80, antes de la creación del Movimiento de Salvación Nacional.

Y celebraba él que el político debía tener siempre dudas constantes de su pensamiento, porque entendía que la sociedad es orgánica y que está siempre en permanente progreso, mejoramiento y avance.

Por eso, como político, Álvaro Gómez supo romper las barreras del sectarismo, supo acercar posiciones y supo dejar, en un evento tan importante para nuestro país como la construcción de una Constitución que no fuera derivada en una guerra, sus convicciones y zanjar diferencias en lo que debe ser el propósito común del país.

Por eso, ese político fue capaz de dejar y defender en la Constitución un artículo como el 333, que poco se menciona, pero que reconoce la libertad económica y que reconoce también que es la función social de la empresa la que permite generar equidad.

Esa faceta de Álvaro Gómez el político, que recorría territorio, que podía tomar en su oratoria desde las reflexiones propias de su infancia en distintos países hasta poder adaptar las grandes piezas de la literatura política a la realidad municipal de nuestro país, es una referencia para todos aquellos que quieren hacer de la política una forma de vida.

Cortesía

El periodista

También está Álvaro Gómez el periodista, faceta que no pude conocer a profundidad, pero que he podido conocer con sus amigos, porque sí puedo decir que hay un sello claro entre los periodistas que pasaron por la escuela de Álvaro Gómez y quienes no lo hicieron. (…)

Todos recuerdan que Álvaro Gómez le decía a su equipo que el buen periodista no puede ser indiferente ante ningún suceso de la sociedad.

Por eso, el periodismo lo ejerció con excelencia y con profundidad académica y con rigor. Y supo también plantear con humor muchos pensamientos.

Nunca olvidaré que una buena mañana le dije, en 1995, doctor Gómez ¿por qué no me ayuda a mandar una columna para El Siglo?

Y me dijo ¡claro! (…)

Y entonces le pregunté al doctor Gómez: Doctor Gómez ¿y usted cómo hace las columnas de opinión?

Y él me decía: ‘Mire, Duque. Usted escoja un tema, defina quién es el bueno y quién es el malo. Y cuando defina quién es el malo, lo golpea desde la primera hasta la última línea’.

Entonces eran conversaciones muy amenas. Pero supe entender que el veía en el periodismo realmente un guardián de la verdad y de la democracia.

 

El diplomático

Cómo no hacer la referencia a Álvaro Gómez, el diplomático, porque durante mis años en Washington, yo, con algo de inquietud intelectual, preguntaba qué quedaba en los archivos de la época de Álvaro Gómez el Embajador.

Y era bien interesante. Libros que él adquiría en Dupont Circle, frente a la Embajada, que están aún hoy recreando lo que fue su época, son muy dicientes de las inquietudes que tenía y que después trajo a Colombia a los grandes debates nacionales.

El artista

Está Álvaro Gómez el artista, una faceta desconocida por muchos, pero muy valorada por su familia.

Recuerdo, doctor Mauricio (Gómez Escobar), uno de nuestros primeros encuentros, donde hablamos de la obra de su padre.

Y me honra que, con la generosidad de la familia Gómez, tengamos hoy en la casa de los colombianos, en la Casa de Nariño, algunas de sus pinturas, para que se pueda deleitar la ciudadanía.

Muchos que vienen a los tours, que caminan, los propios funcionarios, de ver cómo la sensibilidad del hombre de Estado también está en la más fina expresión de la cultura.

No es en vano que Álvaro Gómez tuviera ese talento, porque han sido muchos los hombres de Estado que también han tenido esa inclinación por la pintura.

En alguna de sus clases, Álvaro Gómez hacía mención que (Winston) Churchill era un deleitado por pintar, aunque nunca reconoció que fuera un buen pintor.

Pero decían que la pintura era el refugio de las almas nobles. Recuerdo esa frase.

El profesor

Me emociona mucho hablar de Álvaro Gómez el profesor.

Un hombre que llegaba a clase y cuya primera recomendación es: cierren los cuadernos. Esta clase no es para tomar notas, esta clase es para conversar.

Puedo hoy cuestionar, quizás, que sus clases eran maravillosamente y gratamente desordenadas.

Porque empezaba hablando sobre la violencia y terminaba hablando sobre los grandes compositores del bambuco, sobre los grandes arquitectos de la historia de Colombia.

Era realmente una clase que merecía ser así, dispersa por la gran profundidad que él tenía sobre distintos temas. Y deleitante, porque después de sus clases salíamos todos con voracidad a la biblioteca o a la librería de la universidad a seguirle el paso a una persona con una talla intelectual que pocos colombianos han ostentado.

El profesor nunca regañaba, siempre enseñaba. El profesor siempre motivaba y nosotros entendíamos que después de cada conversación, lo que nos quedaba a nosotros era inquietud intelectual.

Y yo creo que ese es el reto del verdadero profesor.

Y yo puedo decir que sus clases son el más fiel testimonio de aquello que decía alguien, que historia es todo aquello que recordamos después de haber olvidado lo que hemos aprendido.

Lo que Álvaro Gómez nos enseñó nunca fue de memoria. Era de profundo arraigo en el corazón de los estudiantes.

El ideólogo

Álvaro Gómez el ideólogo, un hombre que supo combinar sus ideas férreas por la justicia y la seguridad. Pero también en el sano equilibrio de entender que no se puede ver la seguridad como un factor de pura o simple autoridad, sino que la seguridad en esencia es un valor democrático.

Siempre recordaré sus cuestionamientos al sistema judicial, no por nada distinto a que él se cuestionaba el nivel de protección y advertía, desde entonces, que el Poder Judicial tenía que estar totalmente ajeno de la tentación o de la amenaza del narcotráfico.

Con el pasar de los años, y en sus últimos años de vida, en muchas de sus disertaciones en la Universidad Sergio Arboleda se preocupaba porque la universidad formara jurisconsultos y tenía, además, esa absoluta preocupación porque hubiera estudiantes que tuvieran el apetito de entrar a la Rama Judicial.

Sentía algo de resquemor o de frustración cuando alguno le contestaba que no tenía ningún deseo de entrar en la Rama Judicial.

Por eso creó el Centro de Estudios Constitucionales, para que fueran muchos más los estudiantes que vieran en la Rama y en la justicia, un camino de vida. (…)

ENS

El humanista integral

Álvaro Gómez el humanista integral, el hombre que amaba la literatura, la poesía. El hombre que tenía también voracidad por conocer las nuevas tendencias científicas.

El hombre que respetaba siempre al interlocutor, porque el humanismo no es solo conocimientos sino tener la capacidad de saber ocupar los zapatos del prójimo.

Por eso las ideas que yo he construido a lo largo de mi vida sobre la equidad, yo podría decir que tienen un sello grande de Álvaro Gómez Hurtado.

Porque nunca dejó de estar preocupado por los más pobres de Colombia y siempre creía que el camino para el progreso de nuestro país en materia social solamente podía ser detonado por una sociedad que tuviera espíritu de emprendimiento. Él lo llamaba espíritu empresarial.

Y por eso había que custodiar y proteger a todo aquel que tuviera la valentía de invertir y generar empleo.

 

ENS

Recuerdo personal

Álvaro Gómez y el recuerdo mío.

Siempre le agradeceré a Álvaro Gómez haber sido para mí en poco tiempo un referente.

Siempre le agradeceré a Álvaro Gómez haberme motivado, como estudiante, a no tragar entero.

Recuerdo que tenía alguna frustración porque decía que mis ideas eran demasiado liberales.

Yo creo que con el tiempo he podido ver decantar algunas, quizás más hacia las líneas que él mismo predicaba.

Pero el recuerdo Álvaro Gómez también para mí está plasmado acá con su familia.

La familia Gómez, toda, ha sabido honrar su memoria.

Fui alumno de Enrique Gómez, quien heredó la cátedra de Cultura Colombiana.

Después fui interlocutor del profesor (Germán) Bustillo, quien heredó también su cátedra.

Y en un acto, que yo creo me llenará siempre de alegría y de orgullo, tuve el honor de recibir la cátedra de Cultura Colombiana durante dos años en la Universidad Sergio Arboleda.

Y no hubo un solo día donde yo llegara a hablar con los estudiantes y no tuviera –así fuera con algo de profunda ilusión, sabiendo la distancia– la idea de querer ocupar los zapatos de un hombre que hizo tanto por nuestro país.

 

Crimen de lesa humanidad

Nunca olvidaré ese 2 de noviembre del 95.

Y hoy, cuando celebramos 100 años de su nacimiento tenemos que hacer sentir una voz, que se le puede manifestar con respeto, pero con la misma contundencia que siento para rechazar la violencia, a la Corte Suprema de Justicia, pidiendo que el crimen de Álvaro Gómez Hurtado sea declarado crimen de lesa humanidad y que se encuentren los verdaderos autores materiales e intelectuales de ese crimen.

No podemos en Colombia tener esas diferenciaciones. Es, a todas luces, un crimen de lesa humanidad.

Arrebatarle la vida a un patrimonio ambulante de la política, del liderazgo, de la transparencia institucional, es un crimen de lesa humanidad. Como lo es también atentar contra un profesor indefenso, porque nunca procuró ningún tipo de reacción violenta contra nadie.

Y además, una forma de lacerar la universalidad y la independencia de la academia en una universidad que él ayudó a fundar.

Hoy le estamos rindiendo homenaje de 100 años de nacimiento a Álvaro Gómez Hurtado.

Y todos los días, cuando recorro los distintos salones de la Casa de Nariño, me pregunto qué hubiera sido de Colombia de haber tenido un presidente como Álvaro Gómez Hurtado.

Y aunque nunca se puso la banda presidencial, creo que su memoria y su gloria son propias de un expresidente de la República.

Sala Álvaro Gómez Hurtado

Y por eso me quiero hoy complacer mostrándoles esto.

Es un cuadro, un óleo de Álvaro Gómez Hurtado, que he recibido de un amigo, de Jaime Amín, nuestro Consejero para la Política, que me lo trajo de obsequio.

Y aunque quisiera que estuviera en mi propia casa todo el resto de mi vida, va a quedar ahora en la sala de juntas del Presidente de la República. Y a partir de hoy se llamará el Salón Álvaro Gómez Hurtado.

A los hombres de ideas nadie les puede arrebatar la vida. Porque las ideas perduran.

Álvaro Gómez decía no me gusta quejarme y no tengo temperamento para victimizarme.

Quienes sentimos su influencia, quienes sentimos admiración por él, pensamos igual.

Cuando se quiere gobernar y bien gobernar a un país no puede haber miedo distinto al miedo a Dios.

Y por supuesto, como lo decía él, el odio a nadie.

Que Álvaro Gómez Hurtado y que su memoria y que su legado sigan perdurando, es una responsabilidad de todos.

Lo felicito, maestro (Juan Esteban) Constaín, porque usted tiene o ha tenido a cargo la publicación de esta Memoria de Álvaro Gómez Hurtado para estos 100 años.

Y quiero decirle que Álvaro Gómez Hurtado estaría muy honrado de verlo a usted en esas tareas, porque usted, como él, ha tenido un gusto por la cultura clásica.

Y Álvaro Gómez es un clásico, un verdadero hombre del renacimiento, cuyo pensamiento debe ser herencia para todos los colombianos.