Como parte de los homenajes al inmolado líder conservador, al cumplirse 100 años de su natalicio, se lanzaron esta semana sus “Obras selectas”. EL NUEVO SIGLO habló con el director del proyecto editorial, el escritor Juan Esteban Constaín, sobre el perfil y legado político e histórico del recordado dirigente
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La vigencia hoy de las propuestas y visiones políticas de Álvaro Gómez Hurtado son una prueba fehaciente de su estatura ideológica y el profundo conocimiento que tenía del país, sus principales problemáticas y las vías que debía recorrer para superarlas.
Esta semana, precisamente, se celebraron los 100 años de su natalicio. Múltiples homenajes se rindieron por la ocasión, entre ellos el lanzamiento, en un sentido acto encabezado por el presidente Iván Duque en la Casa de Nariño, de varios tomos de sus “Obras selectas”, bajo el sello de Villegas Editores y el patrocinio de la Universidad Sergio Arboleda.
EL NUEVO SIGLO habló con el escritor y columnista de El Tiempo, Juan Esteban Constaín, quien fue el director del proyecto editorial y es el autor del profundo y revelador ensayo introductorio de la obra. Para él no cabe duda de que Álvaro Gómez Hurtado es el estadista político más grande del siglo XX.
EL NUEVO SIGLO:- Ha escrito usted un maravilloso libro presentando los tomos de las “Obras Selectas” del doctor Álvaro Gómez Hurtado ¿Cuál cree que es el elemento esencial en la dimensión histórica de Gómez, en particular en Colombia?
JEC:- Lo primero a resaltar en un análisis biográfico y político de Gómez Hurtado y su relevancia histórica es que en su destino se cumple también el destino del siglo XX. Él nace con la centuria, con los fenómenos esenciales que determinaron el mundo contemporáneo, en 1919, en mayo, y le toca vivir cada uno de los hitos y procesos que van a jalonar la historia del siglo XX.
Pero creo que esa relevancia también pasa porque él vivió muchos de esos procesos a contrapelo, por estar instalado en los principios de la doctrina conservadora que, de alguna manera, es una revisión crítica de la modernidad. En la biografía política e intelectual de Álvaro Gómez uno puede registrar una paradoja, y es que siendo la encarnación y la definición por excelencia de lo que él mismo llamó “el talante conservador”, desde allí fue un espíritu profundamente rebelde e insatisfecho con las circunstancias económicas del país, con su mezquindad política, con la pequeñez de muchos procesos políticos que aquí se instalaron con comodidad en el gobierno, en lo que él, al final de su vida, llamaría el Régimen. Pero ese fue un concepto que, si uno lo piensa bien, fue madurando a lo largo de los años como una crítica profunda a los valores más mediocres del establecimiento. Entonces es la paradoja de quien definió como nadie el espíritu y el talante conservador, y ese gesto era también de insatisfacción, de rebeldía, de avanzada y, diríamos, casi un acto revolucionario o por lo menos insubordinado.
ENS:- ¿En ese sentido cómo explicaría que Álvaro Gómez, según su respuesta, era el conservador más estructural y estructurado que había en el país pero al mismo tiempo el renovador más apremiante?
JEC.- Creo que la clave la da él mismo, como suele ocurrir con los grandes hombres y los grandes pensadores en cuyas obras están las claves para su mejor interpretación. En este caso la clave está en el párrafo final de ese libro prodigioso o ese ensayo iluminador que es “La revolución en América”. Allí dice: “la continuidad y la conservación (y cito de memoria y a capela) son de alguna manera el punto de llegada que va a sellar la madurez histórica de nuestro continente”.
Creo, entonces, que ese proyecto conservador, ese talante conservador que identificó a Álvaro Gómez era un acto de madurez que en el contexto latinoamericano, y en particular en el colombiano, significaba también una gran provocación, porque lo paradójico de nuestro destino histórico en la América española y en Colombia es que el discurso revolucionario, desde la Independencia o, digamos, el discurso liberal moderno, se había vuelto la base de la tradición, del establecimiento. Entonces una perspectiva conservadora así de lúcida y así de estructurada significaba un desafío estremecedor a lo establecido.
ENS:- ¿Y cómo cree que esto llegó a ser así?
JEC.- Hay varias experiencias que a Álvaro Gómez lo marcan desde niño, más allá de ser el hijo de Laureano Gómez. En sus notas del “Diario de un secuestro”, que es una especie de libro de memorias que escribió cuando estaba en esa experiencia tan dramática, él cuenta lo que sintió cuando llegó a Argentina de niño, cuando su padre fue nombrado embajador por Pedro Nel Ospina. Dice que se encontró con una idea del mundo que era la negación de la pobreza, que él luego vería en Bogotá. Entonces creo que él era un espíritu profundamente inconforme y que, por eso, tenía esa obsesión de sacar al país de la pobreza y el atraso. Y enunció ese discurso, yo lo podría llamar en Colombia revolucionario y provocador, desde una definición ideológica y filosófica muy lúcida, que es la del talante conservador.
El Régimen
ENS:- Decía Álvaro Gómez que, en suma, el Régimen era un sistema de complicidades frente al sistema de solidaridades que él proponía como elemento sustancial de la democracia ¿Qué cree que hubiera pasado si no lo asesinan en medio de esa denuncia contra el Régimen?
JEC:- Siempre he creído que esa historia contrafactual, es decir la especulación sobre lo que hubiera podido ser y no fue, es un ejercicio muy interesante y muy fecundo desde la ficción y desde la historia como un ejercicio intelectual, pero adivinar el pasado siempre me parece muy riesgoso. Sin embargo, creo que es evidente que la voz de Álvaro Gómez Hurtado y su análisis eran lo más esclarecedor que había en ese momento crítico de la historia colombiana. Estoy hablando, pues, del proceso 8.000 y de esa crisis política que se desató después de las elecciones presidenciales del año 94. Era mucha la gente allí que estaba opinando, interviniendo e incluso conspirando, y una vez más, como había pasado tantas otras veces en la historia, la voz de Álvaro Gómez contrastaba de manera evidente con la algarabía de los demás. Él se había instalado en un análisis que iba al corazón de los problemas y era el más esclarecedor de todos.
Cada vez que a él lo convocaban para vincularse a una salida concreta insistía en ese análisis de fondo, cuyos alcances a veces no entendían ni siquiera sus seguidores y hasta sus amigos. Y también ahí quiero señalar que ese es el destino que le cabe a los sabios, por lo general, en el poder y en la sociedad: el de la soledad y la incomprensión, porque los intérpretes de lo que dice un sabio, por lo general, no cuentan con las luces suficientes para hacer una exégesis que le haga justicia a un análisis así de lúcido.
Yo no sé lo que hubiera podido pasar si no lo asesinan, pero lo que sí sé es que la voz de él era cada vez más contundente, potente, estremecedora y que todo iba desembocando, de pronto, en su figura y autoridad moral para que la solución a la crisis estuviera allí. De pronto también por eso lo mataron. No lo sé y no puedo ir más allá en mi análisis.

ENS:- ¿Cuáles fueron esos elementos centrales de la renovación por parte de Álvaro Gómez en sus últimos lustros?
JEC:- Creo que hay un ingrediente muy interesante, que él venía atizando y agitando desde los años 70, más allá de su obsesión con el desarrollo, que era una bandera política desde allá por la época del Frente Nacional, cuando se opuso a la reforma agraria paquidérmica y raquítica del primer gobierno del Frente Nacional, luego del tercero del mismo. Más allá de eso, luego en los años 70 él se obsesiona con el tema del fracaso de la justicia y cree que el valor esencial de la reconstrucción del Estado tiene que ser el de la justicia, y eso logra ponerlo en el centro de la discusión, incluso antes de su secuestro.
No hay que olvidar que a él lo secuestran en medio de una crisis política e institucional, en épocas de la oposición reflexiva del Partido Social Conservador. Álvaro Gómez había empezado un diálogo o interlocución con el gobierno de Barco a través de unas cartas en las que va formulando toda una política de transformación para rescatar al Estado de su ineficiencia e inoperancia. Y en medio de ese contexto ocurre el secuestro. Luego, tras su liberación, él va a esa campaña, que es el punto de partida del proceso exitoso con el M-19, que desemboca en las elecciones del 90 y en la proclamación de la Asamblea Constitucional, luego Constituyente del año 91. Pero en esas elecciones del 90, Álvaro Gómez quedó de segundo, como había quedado de segundo en las otras elecciones que había participado, pero fue la primera en la que no perdió, sino que ganó.
Creo que del secuestro él salió victorioso, y en hombros de esa victoria llegó a esas presidenciales del 90 y, luego, a las de la constituyente, y allí uno puede encontrar las tesis de planeación, del desarrollo que va a resumir en el “Acuerdo sobre lo Fundamental” y pone un ingrediente nuevo, que es el de la ecología, en el cual fue precursor.
Y también en el tema esencial de la justicia, que es la impronta mayor suya en el texto constitucional. Desde la enunciación misma de los principios que determinan el funcionamiento de la justicia en Colombia, que él escribió con un miembro del EPL, hasta el entramado institucional en que estaban el Consejo Superior de la Judicatura y la Fiscalía, que era una obsesión suya. Entonces, eso es muy interesante en lo institucional y es interesantísimo en lo político por el diálogo que se abre allí, y porque queda muy claro que el gran interlocutor de todos los demás es Álvaro Gómez Hurtado.
Es decir, en ese momento, el gran interlocutor de la izquierda es Álvaro Gómez, el gran interlocutor del Gobierno es Álvaro Gómez y esa es la reivindicación política e intelectual de lo que era: un estadista y un pensador.
Vigencia constitucional
ENS:- ¿Cómo ve los elementos esenciales de Gómez Hurtado en la Constituyente al día de hoy?
JEC:- Creo que “Soy libre” es un documento político importante que tuvo mucho éxito por razones coyunturales y periodísticas cuando salió. Es un documento político de mucho fondo. Él insiste que el gran fracaso del establecimiento colombiano, y sobre todo del establecimiento liberal, es haber dejado que la izquierda se atribuyera la vocería exclusiva y excluyente de los pobres, y desde allí justificara la violencia. Para Álvaro Gómez ese era un fracaso de la civilización y sobre todo de la política. Y obviamente en la Constituyente privilegió la justicia como un valor determinante para rescatar la efectividad y la legitimidad del Estado. En la Constituyente trató de forzar ese Acuerdo sobre lo Fundamental o, por lo menos, llevarlo a cabo, y eso tuvo un efecto positivo y benéfico.
El análisis del texto constitucional es positivo en este momento de la historia colombiana. Ya tiene el suficiente tiempo para hacer una primera prueba ácida de lo que salió de esa Constituyente y de esa Constitución, que fue un pacto de paz.
Pero también hubo una crítica que Álvaro Gómez empezó a hacer muy rápido, desde el año 92, sobre el drama que ha significado en términos políticos la claudicación de sus aliados en la Constituyente frente a la cantidad de fuerza creativa y renovadora que se había desatado allí y que luego terminó siendo cooptada por el Régimen para perpetuar todos sus vicios.
Creo que es un balance agridulce porque en el plano institucional y de los valores de la sociedad colombiana allí hubo un avance enorme y se reconocieron una cantidad de fenómenos de la sociedad que necesitaban entrar como fuera, por las grietas del viejo orden, a una nueva Constitución. Los constituyentes intuyeron eso muy bien y lo plasmaron con inteligencia en la Constitución.
Pero al mismo tiempo, como lo dice Álvaro Gómez en “Soy Libre”, antes de la constituyente, lo que fracasa es la política y esa es la política donde el Régimen va consolidando su perverso poder y va perpetuando sus métodos. Y eso también pasó después de proclamada la Constitución porque esa politiquería que había buscado desterrarse con el texto constitucional, se arropó en él para llegar con renovados bríos.
ENS:- ¿Es decir, que la elección del nuevo Congreso sin los participantes de la Constituyente se convirtió en un escenario estéril ¿Podría ampliarnos ese tema?
JEC:- Sin duda sí… Álvaro Gómez lo denunció en un discurso, que está publicado en esta edición de las “Obras Selectas”, que se llama “Con esta Constitución se puede gobernar bien”, que pronunció en el Centro de Estudios Colombianos al conmemorarse el primer año de la proclamación de la Carta.
Allí señaló que la Constituyente había sido el resultado de un desencadenamiento arrollador de fuerzas políticas, o como a él le gustaba decirlo “una enorme cantidad de destino”, que se desencadenó allí y que llevó a que el Régimen se plegara, por primera vez en la historia reciente en Colombia, frente a una propuesta de renovación política que funcionó muy bien en la Constituyente, para declararla omnímoda y omnipotente; que permitió llegar a esa presidencia tripartita donde no se impusieron los viejos vicios de las mayorías parlamentarias del Régimen; y el mismo texto de la Constitución donde influyeron una cantidad de voces que de otra manera no hubieran podido ser tan influyentes.
Pero ese éxito se rompe y fracasa porque la coalición que había hecho funcionar el sistema de la Constituyente fue saboteada, desde el Gobierno y desde el Régimen, para que los constituyentes quedaran inhabilitados, tras la revocatoria del Congreso, para la elección del nuevo. No se pudieron continuar las reformas políticas necesarias desde el Legislativo, para que esa revolución que había ocurrido allí (en la constituyente), en el mejor sentido de la palabra, se consumara bien.
Álvaro Gómez lo dijo en este discurso que estoy mencionando y luego en varios editoriales en EL NUEVO SIGLO. Es cuando empieza a señalar al Régimen, diciendo que el problema no es el texto constitucional, que el problema no está en las instituciones sino en la política y en esa especie de monstruo siniestro y amorfo que se adueña de los gajes del poder para ejecutar todos sus vicios.
Y dijo Álvaro Gómez que al final el Régimen, al que habíamos podido doblegar en la Constituyente, nos derrotó porque rompió la coalición que había hecho posible ese milagro.

La idea de Estado
ENS:- La definición de los grandes dirigentes se hace por la concepción que tienen del Estado ¿Cuál era la idea del Estado que tenía Álvaro Gómez?
JEC:- Él tenía unas fuentes filosóficas e ideológicas muy claras, propias de la tradición liberal, por eso decía que él era el último liberal que quedaba en Colombia o de la tradición demoliberal, como le gustaba llamarla, que es la tradición de la modernidad que, además, es la base de los dos partidos políticos colombianos desde su fundación en el siglo XIX. Entonces tenía unas fuentes muy claras pero creo que él, con su propia experiencia política, incluso por su experiencia como constituyente, también tenía una noción muy práctica y básica de lo que debía ser el Estado.
En ese sentido su percepción sobre la legitimidad sigue siendo urgente en Colombia porque la premisa sería: si el Estado no es legítimo pues no funciona, y para que funcione se necesita que exista justicia, ley, orden y progreso. Y si se cumplen esas premisas, los otros problemas se van subsumiendo.
Esa reflexión está en los editoriales de los años 80, en sus discursos políticos de los años 70, en sus campañas políticas del 74, del 86 y en el libro “Soy libre”.
Entonces su idea del Estado es una idea liberal desde el punto de vista jurídico y económico. Es ahí sí, bajo la noción conservadora heredada casi que desde el Libertador, que recalca que el valor fundante del Estado debe ser la justicia. Y en lo económico pensaba que si es un Estado, pues debe lograr el progreso, que es el bienestar para la sociedad, que no maten a la gente y que la gente no sea pobre.
ENS:- Nada más manoseado en las últimas dos décadas que el término “Acuerdo sobre lo fundamental”. ¿Cómo explicar a las nuevas generaciones este concepto de Álvaro Gómez?
JEC:- Él tenía un talento especial para acuñar frases o, por lo menos, para darles una vuelta de tuerca a frases que tenían una notable tradición en la filosofía o historia política de Occidente. Se servía de unas fórmulas y les daba un nuevo sentido desde sus enunciaciones, que eran muy inteligentes, muy sutiles y que, además, tenían mucho encanto y eran asequibles para toda la sociedad en cualquier nivel. Entonces él empieza a hablar en sus discursos en los años 70, que también están publicados en esta edición de “Las obras selectas”, de un Acuerdo sobre lo Fundamental, sirviéndose de la cláusula inglesa “Agreement on fundamentals”, que es básicamente la existencia de unos valores esenciales en los cuales debe desembocar la sociedad para tramitar todos sus conflictos y todas sus diferencias, sin anularse moral, política y socialmente.
Entonces él, desde los años 70 y como consecuencia del Frente Nacional, que fue un Acuerdo sobre lo Fundamental, empieza a decir que los dos partidos que estábamos en una guerra civil no declarada decidimos acabar una situación que había conducido al desastre y a la dictadura, y establecimos un pacto sobre valores inamovibles, a los cuales no podemos renunciar. Y en cada momento de crisis, pues, Álvaro Gómez sale y formula esa bandera, que se le vuelve una necesidad y una obsesión y que, en términos de la comunicación política, es un recurso profundamente eficaz.
Y así lo presenta en la campaña política del 90, donde dice “yo no tengo un programa sino una propuesta”: el Acuerdo sobre lo Fundamental. Un acuerdo que debe significar un consenso de la sociedad para salir del marasmo, del atraso, de sus miserias y otros temas esenciales, en el primero de los cuales está la justicia. Y esa bandera sigue siendo muy vigente, de pronto hoy más que nunca, porque es lo que necesita una sociedad como la colombiana. Tanto así que en la pasada campaña electoral el único referente histórico que hubo, el único líder que se mencionaba de manera sistemática y desde todos los flancos, fue Álvaro Gómez. Y se mencionaba a partir sobre todo de ese Acuerdo Fundamental del que muchos se quieren apropiar, pero en su caso tenía unos alcances y unos contenidos muy concretos, que quedaron por escrito.
Visión global
ENS:- En un país que se inclina por la política parroquial, ¿cómo contribuyó a su estatura política, intelectual y cultural el amplio conocimiento de la realidad mundial que tenía Álvaro Gómez?
JEC:-. En el estilo de cada político está su experiencia vital. Es decir, cada político como individuo, cada liderazgo, es el reflejo de quien lo construye desde el plano individual, desde su biografía y desde su talento, además de sus experiencias, viajes, del conocimiento, de la herencia y otros aspectos. También hay unos atributos clasificables que son el del talento, la gracia. El estilo de Álvaro Gómez también es muy valioso porque era un intelectual con una vocación universal que se podía aproximar al Renacimiento italiano, a las culturas de la Mesopotamia, pero que al mismo tiempo y, desde allí, desde esa cultura inagotable, desde esa erudición, siempre estaba obsesionado con explicar a Colombia y hacerla mejor. Eso se ve en sus cátedras en la Sergio Arboleda y en los libros que quedaron de ellas.
Toda esa erudición universal estaba al servicio de una comprensión y explicación permanente de lo colombiano, que era su obsesión. Lo colombiano implicaba una reflexión sobre cómo hacer de este país un lugar mejor. Esa fue su contribución desde un lenguaje de una altura literaria e intelectual que también hay, pues, que ponerla en contraste con la de otros líderes que llegaron más lejos que él, o que eran capaces de criticarlo o censurarlo pero no tenían ni sus matices ni su riqueza intelectual. Ese es un tema clave para reivindicar su figura, en lo que debe quedar, que es un legado filosófico y político de altísimo vuelo en un momento, además, de nuestra sociedad en que los liderazgos se tejen, construyen y legitiman desde lo contrario, desde la precariedad, la agresividad y un fanatismo que Álvaro Gómez jamás exhibió en su vida, quizá algo en su juventud , pero que en su madurez abandonó para siempre hasta llegar a un estilo político que, a mi juicio, es del estadista político más importante del siglo XX en Colombia.