Tras fuerte aguacero que cesó hacia las 4 de la tarde, se celebró este sábado el sexto festejo de la Feria de Manizales, cuarta corrida de abono, que registró más de tres cuartos de entrada en los tendidos y gran ambiente entre los aficionados. En el cartel, el antioqueño Luis Miguel Castrillón, el sevillano Juan Ortega, debutante en esta plaza, y el peruano Andrés Roca Rey.
Abrió plaza Gladiador, número 134 de 460 kilos. Un toro de comportamiento insípido, manso con peligro, sin movilidad, que, excepto su lámina, dejó todo que desear. Luis Miguel Castrillón intentó sacarle algo que justificara haber sido seleccionado, pero un mirón sólo mira; no aporta nada. Estocada y descabello. Silencio.
En su segundo, de nombre Barrilito, pasó más de un mal momento porque el toro, un hermoso castaño ojo de perdiz, resultó de muy baja nota en bravura. Castrillón intentó halarlo para arracarle al menos una tanda, pero el toro no se cansó de derrotar y así es imposible torear con decoro. Ese mismo defecto engordó la lista de problemas que estaba afrontando Luis Miguel, cuando decidió pasaportar al astado. Es claro: la mansedumbre todo lo complica. Pitos al toro.
Uno de los máximos atractivos de la corrida era el debut del excelso diestro español Juan Ortega, de grandes actuaciones en su tierra, y reconocido por sus finas maneras y forma única de interpretar y ejecutar el toreo. Ortega recibió al segundo de la tarde, de nombre Rumano, que resultó demasiado blando y manseó con cinismo. A pesar de su falta de motor, el sevillano logró instrumentar naturales lentísimos, muy templados, y un trincherazo precioso del que el ojo de perdiz salió tan suelto que casi llega a Chipre. Pinchazo y estocada. Palmas.
En el segundo de su lote, quinto de la corrida, no tuvimos suerte ni el torero que quería triunfar, ni nosotros que queríamos que así fuera. Es una pena que un encierro tan bien presentado, haya resultado dando un juego tan indeseable. Este requemado tenía ideas perversas; no quiso ir, todo lo protestó. Juan Ortega no pudo hacer nada. Se nos fue y no lo pudimos ver… al menos por ahora. Tocará en Sevilla, señores. Bronca al toro.
Remató el cartel un torero de muchas casas. Sus maneras y estilo generan polémica, controversia… pero también pasión. Andrés Roca Rey tuvo en Flor de Loto al primero en suerte, que poco le colaboró por su limitada fuerza, aunque estuvo con él en los medios. Como no había manera de ejecutar una faena emotiva, el peruano aprovechó la pobreza del castaño para instrumentar, primero, muletazos suaves y, luego, pases cambiados, cortos, para adornarse. Desplantes a toro parado y sonó la música. Avanzó la faena con más adornos, pero ya sin exigir al toro para someterlo y buscar templarlo. Él sabía que eso no lo iba a lograr, pero también sabía que el público quería divertirse con sus filigranas… y eso hizo. A la gente le gusta el jaleo, como le gusta ver los pitones a milímetros de los muslos mientras él danza al compás del péndulo que dibuja su muleta. Quien disfruta con eso, que lo disfrute que para eso paga una entrada bien cara. Estocada ligeramente tendida, en buen sitio. Pitos al toro, dos orejas de conejo a Andrés.
En el toro de cierre no vimos una faena. Vimos una guerra de Roca Rey contra el toro. Con criterio, el torero se dobló con el toro a base de muletazos que buscaban liberarlo de sus ‘mañas’. El toro siempre salió suelto de las suertes, buscando las tablas como sus hermanos. Andrés pegaba un muletazo y corría tras el mansote para sujetarlo y evitar que se fuera; si hubiera dejado la muleta en su cara, seguramente habría conseguido bajarlo de esa nube en la que se encaramó para torpedearlo todo. Fue un trajín duro, por momentos antiestético, pero valeroso e inteligente. Un buen trabajo. Estocada en todo lo alto de efecto algo tardío. Una oreja.