Cómo se perciben en una primera impresión todos los camposantos que hay alrededor del mundo (tal vez con la única excepción de los mexicanos, adornados con flores, mariachis y algarabía durante el Día de los Muertos), el Cementerio Central se inscribe en una atmósfera fría y lúgubre, pero también hermosa y solemne.
Solemne, pues en esta ciudad habitan muertos de todos los estratos, procedencias y credos, así como ciudadanos pobres que descansan en tumbas sin epitafio, que comparten esta metrópolis con varios de los próceres que forjaron a pulso la identidad de esta nación, como Francisco de Paula Santander, cuya tumba fue declarada como Bien de Interés Cultural de la Nación.
Nadie sabe y nadie nunca sabrá si los espíritus de Santander y del poeta José Asunción Silva hacen tertulias de medianoche; o si el empresario alemán fundador de Cervecería Bavaria, Leo Siegfried Kopp, sale a la medianoche en busca de una “pola”, el nombre que él y sus trabajadores le pusieron a manera de apodo a su popular cerveza cuando luchaba contra la insalubridad de la chicha a comienzos del siglo pasado.
Nadie sabe si rondan entre las criptas Alfonso López Pumarejo y Margarita Villaquirá, “La Loca” militante del Partido Liberal que perdió un par de tornillos en la Guerra de los Mil Días, pero que terminó de perder la cabeza el día en el que asesinaron a Rafael Uribe Uribe, quien murió prácticamente en sus brazos en plena Plaza de Bolívar. Dice la leyenda que se ha tejido a su alrededor que ella vaticinó el hecho y desde ese entonces jamás vistió otro color que no fuera rojo.
Nadie sabe si sus fantasmas se reúnen por la noche y caminan por los senderos silenciosos de los globos del cementerio. Nadie lo sabe, ni siquiera el profesional en turismo Wilson Pacheco Gutiérrez, quien conoce este lugar de descanso como la palma de su mano, pues lleva más de dos décadas estudiando su contenido y actualmente está a cargo de hacer los recorridos turísticos de esta ciudadela en donde residen los muertos.
“Trabajar en el cementerio es una experiencia muy agradable, porque diferente a lo que piensa la gente de venir a ver ánimas en pena, lo que aquí reside es una historia de nuestro país desde 1823. Siempre me llamó la atención ser guía de este cementerio desde que fue nombrado como monumento nacional en 1985 y cuando tuve la oportunidad de estudiar tuve la oportunidad de conocer su interior, y hace 20 años estoy estudiando el cementerio y lo seguiré estudiando”, comenzó su relato Wilson Pacheco.
Él pasa por las tumbas de Alfonso López Michelsen y de Gabriel Turbay Abunader, un político del Partido Liberal que, dicen las leyendas del cementerio, aún se le puede escuchar denunciando la masacre de las bananeras como lo hizo en la Cámara de Representantes en 1928. Y pasa, unos metros más al occidente, por el busto de Jorge Eliécer Gaitán, cuyo cuerpo nunca llegó al cementerio, puesto que el gobierno de entonces temía que su traslado causara un segundo Bogotazo.
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“La vida los iba a enfrentar en las elecciones presidenciales de 1946. Gabriel Turbay era el candidato oficial del partido, mientras que Gaitán se fue por una disidencia y fue esa división del partido del trapo rojo la que hizo que ganara la Presidencia el candidato conservador, Mariano Ospina Pérez, quien también yace en este cementerio pero no en el pabellón central”, recuerda el guía, que parece conocer más la vida de los muertos que la de los vivos.
Sigue su camino por las tumbas, por la historia del país, y recrea la historia del primer presidente liberal del siglo XX, Enrique Olaya Herrera, quien accedió al Palacio de Nariño después de una larga hegemonía conservadora, y cuya tumba está muy cerca al mausoleo de la familia Silva, en donde el poeta y diplomático José Asunción nos cuenta su historia a través de un trabajador de la Uaesp.
“Aquí les sugiero no alejarse del grupo y no extraviarse entre los mausoleos, porque no respondemos”, advierte Wilson mientras nos cuenta las historias de las personas que allí descansan, como el presidente José Ignacio de Márquez, uno de los más grandes contradictores de Francisco de Paula Santander a quien estamos camino a visitar.
“Los guías decimos que muy seguramente por las noches, cuando nosotros ya no estamos aquí, estos dos personajes deben tener unas conversaciones muy interesantes. ¿Qué pensarían del quehacer político de hoy?”. Y seguimos avanzando por el brazo izquierdo de la cruz imaginaria que traza la arquitectura del cementerio, en donde se encuentra Jaime Pardo Leal, candidato presidencial por la UP en 1986, asesinado en octubre del año siguiente.
Podríamos decir que, experto en esta ciudad de ultratumba, aunque Wilson se preparó para hacer este trabajo, lo que realmente lo motivó a ser guía del cementerio fue la curiosidad. “Es que aquí reside, aquí está enterrada buena parte de la historia del país y de Bogotá desde el Siglo XIX”.
“¿Cómo no tener curiosidad? Es apasionante. Ahora, en relación con mi preparación, el Instituto Distrital de Patrimonio Cultural intervino este cementerio entre 1999 y el año 2000, y editó tres guías de los cementerios, incluidos el cementerio británico, el alemán y el hebreo. Esas guías fueron mi base y posteriormente lo que estudié fueron las biografías de cada uno de los personajes”.
Pero él no es el único que le está dando vida al cementerio y a algunos de sus más ilustres residentes. Tal es el caso de Rafael Daza, el guía que interpreta a Leo Kopp, el fundador de Cervecería Bavaria al que la gente le sigue pidiendo, por la oreja izquierda, favores. Esta es, sin duda, la tumba más visitada.
“Es muy interesante representar a gente que la mayoría de las personas no conocen. A Leo, muchos lo han escuchado mencionar pero no pasa de ahí. Venir aquí, a su tumba, investigar su historia, interpretarlo en un cementerio que siempre tiene su misterio, es apasionante. Pasar de ser un guía de turismo que está en la calle hablando de cosas de la ciudad en general, a meterte en algo tan distinto pero que sigue siendo turístico, es muy pero muy chévere”, concluye con un acento falso alemán, pues no se sale de su personaje.