El mugido de las vacas, el canto de los pájaros y los ladridos de su fiel perra Luna, son el despertador de Paola García, una orgullosa campesina de la vereda Mochuelo Alto, en la localidad de Ciudad Bolívar.
Esta bogotana, líder comunitaria, madre soltera, zootecnista en formación y fundadora de la Asociación Ganadera Campesina de Pequeños y Medianos Productores de la Ruralidad de Bogotá (Asoprogán), habló con EL NUEVO SIGLO sobre la importancia del campo en la ciudad y el apoyo de entidades distritales.
“Aquí están cuatro generaciones de mi familia, siempre nos hemos dedicado al trabajo del campo, a la ganadería y la agricultura en esta zona rural de Ciudad Bolívar, en la vereda Mochuelo Alto. Amamos el campo, trabajamos con amor por esta tierra”, relata con orgullo Paola.
Campesina desde pequeña
Paola recuerda con emoción sus primeros acercamientos al campo, momentos que vivió junto a su padre y que forjaron en ella el compromiso por esta labor.
“Mis recuerdos más bonitos son el trabajo de ganadería con mi papá. En estas zonas es muy común hacer ferias y mercados ganaderos. Mi papá me llevaba siempre, me gustaba ver cómo la gente comercializaba su ganado y desde ahí fue que le tomé amor a ese tipo de contacto con la gente y de trabajo con los animales”, compartió Paola.
Desde siempre ha madrugado. Siendo una niña salía a las cinco de la mañana para atravesar la montaña y el río junto a vacas y ovejas. Hoy por hoy, se despierta a las 4:30 a.m. para ayudar a su papá con el ordeño de las vacas, que son las que han derivado parte del sustento de su familia desde su niñez.
Luego, en su rol de madre soltera, se encarga de que sus dos hijas, de 14 y 10 años, lleguen puntuales al colegio, deja los oficios hechos y sale a su negocio: un almacén veterinario que se constituye en el lugar de consulta de sus vecinos y el sitio para comprar los insumos necesarios para la práctica agrícola y ganadera de esa zona rural de Bogotá.
Apasionada por el cuidado de los animales
Paola conoce a todos en la vereda, y pese a que no ha terminado su carrera de zootecnia, que retomó después de 14 años, se ha convertido en una líder de su comunidad en lo que tiene que ver con el cuidado animal, especialmente los proyectos ganaderos.
“Toda la vida he estado ‘al rabo de las vacas’, crecí en estos campos y amo estar aquí. Yo, como muchas personas de esta zona, tengo aquí mis sueños, y no sé qué sería de mi vida en otro lado, no me imagino viviendo en otro lugar”, asegura.
Para ella, ser una campesina bogotana no es fácil, pero es “un orgullo grandísimo”; es resistir a una ciudad que cada día crece más y más, es ser autosuficiente, es valorar la tierra, quererla, es apreciar y mantener las tradiciones y luchar por mantenerse en el tiempo.
Y serlo de una zona rural de Ciudad Bolívar, señala, es aún más difícil. Por eso insiste en quedarse; está convencida de que su trabajo allí, en su vereda, puede ayudar a cambiarle la cara a una localidad estigmatizada por muchos factores como la violencia y la pobreza. “Pero hay que mostrar que detrás de esas casas de colores cercanas al Portal Tunal, en medio de las lomas que rodean el sur de Bogotá, hay un sector rural, hay campo, hay una zona que abastece a la ciudad, que la sostiene alimentariamente”, dice.
La creación de Asoprogán
Su liderazgo en la comunidad nació espontáneamente. En los recorridos por su territorio veía las necesidades de la gente, de sus proyectos, y comenzó a imaginar cómo se organizaban para tener mejores ganancias.
Sus bases de formación pecuaria y agrícola la convirtieron en una especie de veterinaria sin título; recorría a pie las fincas, vacunaba ganado, le contaban los problemas que tenían las vacas, los terneros, y sobreponiéndose al machismo que a veces marca lo rural, creó la Asociación Ganadera Campesina de Pequeños y Medianos Productores de la Ruralidad de Bogotá.
Al principio tan solo tres personas se unieron al proyecto, luego, con una estrategia de voz a voz se legalizó la organización con 32 miembros, y ya hoy son 55.
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“Es un logro grandísimo, han sido dos años de arduo trabajo pero ha sido satisfactorio. Hemos logrado cumplir con las expectativas de los creadores y con las de la gente. Es una forma de mostrarle a la ciudad que nosotros podemos tener autonomía para organizar y no depender. Tenemos claro para dónde vamos y qué queremos. Hemos podido visibilizar la cultura campesina de esta zona. Le apuntamos a la ganadería sostenible, al mejoramiento del medio ambiente y a la labor social por esta tierra”, enfatiza.
Entre los logros obtenidos con la Asociación que destaca Paola están que la leche se puede vender a mejor precio, hay un mayor sentido de la responsabilidad medioambiental y son más productivos.
Los retos del campesinado
Paola señala que, entre los retos de los campesinos en zonas rurales de Bogotá, está el desplazamiento hacia lugares de estudio o trabajo ubicados en la ciudad, como es el caso de sus hijas, que estudian en un colegio cercano a la Avenida Boyacá en la parte urbana.
“A nuestros niños y jóvenes no podemos cortarles las alas, debemos enseñarles que el campo, que nuestra vereda no solo necesita a profesionales afines a las áreas agropecuarias o ambientales, sino que pueden irse, formarse, y volver como abogados, arquitectos o profesionales digitales y trabajar por su tierra”, sostuvo. Esto permitiría que ellos mismos sean los que construyan edificaciones modernas y ecológicas, los que defiendan desde el área legal los intereses de la comunidad afectada por la cercanía al relleno Doña Juana (está apenas a un par de kilómetros de la casa de Paola), o creen aparatos o programas que permitan optimizar el trabajo de los habitantes de la ruralidad de la capital.
Paola defiende la premisa de que el campo y la ciudad tienen una relación simbiótica, se necesitan mutuamente, y por ello su sueño es que para que sigan existiendo, se adelante y desarrolle una política pública que incluya la concientización de esa codependencia. Que el campesino tenga claro que necesita de la urbe para poder comercializar lo que produce y que el habitante urbano sepa que el campo es su proveedor.
Gracias a los programas de la Dirección de Economía Rural y Abastecimiento Alimentario de la Secretaría Distrital de Desarrollo Económico, ha tenido mucha más formación sobre buenas prácticas ganaderas; también fue beneficiada con equipo de ordeño para mejorar la producción de las vacas lecheras que tiene con sus padres, y recibió insumos en semillas para las praderas para el mejoramiento de la alimentación del ganado.