| El Nuevo Siglo
LA SUBTENIENTE Mariana Chacón Bereño, lista para abordar el helicóptero y realizar uno de los cinco saltos que se exigen para pasar el curso de paracaidismo militar.
Fotos: Eduardo Carrillo
Sábado, 25 de Febrero de 2023
Redacción Nacional

SON LAS seis de la mañana y la temperatura ambiente en el fuerte militar de Tolemaida, en límites entre Cundinamarca y Tolima, empieza a subir. Un grupo de noventa uniformados se hace sentir al pasar trotando y entonando por distintos sectores de la base. Se distinguen veinte mujeres. Unos y otras tienen un solo objetivo: elevar su rendimiento técnico y físico para alcanzar las alas doradas que los distingan como especialistas en paracaidismo militar.

Son veinte las oficiales y suboficiales que hacen parte de los cursos 903 y 904 de la Escuela de Paracaidismo Militar, que tiene su sede en el Centro Nacional de Entrenamiento (Cenae). Para pasar este reto son treinta días al máximo nivel para hombres y mujeres, con igual grado de exigencia para todos y en medio de una competencia sana pero también reñida.

Precisamente por esto último en el curso de paracaidismo no existen grados de oficiales o de suboficiales. Los integrantes de los cursos solo se distinguen por números grabados en un casco que pesa casi tres kilos y cuyo objetivo principal es fortalecer el cuello y los hombros, una característica vital para esta especialidad castrense.

Una de las aspirantes es la subteniente Mariana Chacón Bereño, de escasos 22 años. Tiene un título universitario en Relaciones Internacionales y de especialista en Ciencias Militares. Oriunda de Bucaramanga, porta en su casco el número 010. “Decidí ingresar al Ejército porque me parece que las mujeres militares son muy aguerridas y, además, quería saber de qué estoy hecha y de qué soy capaz. Ingresé a la Escuela, lo experimenté y ahora aquí estoy”, relata la uniformada.

“Mi familia es muy conservadora, mis padres trabajan y mi hermano es ingeniero financiero. Soy la única militar”, explica la oficial en diálogo con EL NUEVO SIGLO. “Por supuesto que es un reto enorme hacer este curso. Hay riesgos si no se tiene una exigente disciplina y no se cumple con el paso a paso del entrenamiento, que se inicia a las seis de la mañana con la izada de bandera, la revista administrativa y luego con el trote y ejercicio. Posteriormente ingresamos a las pistas hasta dominar cada uno de los procesos”, agrega.

En cuanto a lo que significa competir con hombres, la subteniente dice que hay igualdad en la exigencia y calificación: “Me gusta el curso, porque nosotras tenemos las mismas exigencias que tienen los hombres, hablo de oficiales y suboficiales. Incluso no solo son del Ejército sino que hay cinco de la Armada. Todos son muy buenos con nosotras y en todo momento están pendientes de que no nos ocurra algún accidente”.



Soñando nubes

En medio del sofocante sol de la media mañana en la base, ya todos los aspirantes deben estar con el equipo de salto acondicionado. El grupo empieza a cantar las notas más insignes del curso: “…Soy paracaidista de Colombia, llevo en mi sangre la estirpe del guerrero… Desde las nubes, victoria, Rosita, la más bonita…”.

Según la subteniente, el director de la Escuela de Paracaidismo es un mayor muy exigente que “siempre está encima para que se cumpla la disciplina con todo rigor y se eviten accidentes”.

La expectativa y el nerviosismo natural aumentan cuando aparece en el cielo un helicóptero MI-17, aeronave desde la cual los aspirantes deben cumplir los dos primeros de los cinco saltos que los convierten en paracaidistas militares. Sin embargo, llegar a esta antesala del primer salto desde el helicóptero no es fácil y más de uno prefiere dar un paso al costado.

“Aquí nos damos moral todos. Cuando un integrante del curso quiere sacar la mano o desfallecer por cansancio, inmediatamente todos lo apoyamos y le damos moral. Le decimos que ser paracaidista es un honor que cuesta”, destaca Chacón Bereño.

Todo el proceso es retador, desde los entrenamientos en tierra y los saltos desde la torre, hasta llegar a la puerta del avión o el helicóptero, ya a gran altura. “Cuando llegamos al paso del salto de la torre o la ‘come-hombres’, como se le conoce, sencillamente a todos nos da miedo… Pero los instructores no nos dejan desfallecer, nos animan y nos exigen para no decaer y culminar con éxito el curso”, explica.

De acuerdo con la suboficial, “la primera semana fue muy complicada por la exigencia física, por la adaptación al clima y, por supuesto, por volver a ser alumnos. La segunda semana es más llevadera, porque el cuerpo se va adaptando a cada una de las exigencias… En la tercera semana se puede decir que ya estamos aclimatados y hemos pasado por balanceo y caídas, por la torre ‘come-hombres’ y quedamos listos para saltar”.

Por eso, cuando el helicóptero MI-17 aterriza hay una mezcla de tensión, expectativa y reto. “Ya estamos para saltar y culminar el curso, y no crea que no tenemos nervios, no solo las mujeres, los hombres también, ellos me lo expresaron. Pero nos damos moral entre todos”, dice la uniformada del casco 010.

Antes de subirse a la aeronave confía en que “una vez tenga mis alas doradas, me gustaría ir cumpliendo cada uno de los cursos complementarios de aire, porque sería una oportunidad muy buena para nosotras las mujeres porque nada se compara con esta especialidad”.

Superar miedos

Otra de las aspirantes a paracaidista es María Alejandra Rangel. Oriunda de Ibagué, estudió en un colegio militar y decidió ingresar al Ejército, en donde se graduó como subteniente y, además, obtuvo los títulos de Administradora Logística y de especialista en Ciencias Militares. Luego de cuatro años ascendió a teniente.

Sobre su participación en el curso de paracaidista, sostiene que “es un reto que pude cumplir a cabalidad. Me di cuenta de que pude superar algunos de los miedos más grandes que tenía. Entre ellos, el miedo a las alturas. Ahora salto desde un helicóptero para disfrutar la experiencia. Prueba superada”.

“Los cinco saltos desde un helicóptero o de un avión son el examen final de todas estas cuatro exigentes semanas de entrenamiento. Le digo a mi familia y amigos que esta experiencia es grande y queda para toda la vida”, expresó la oficial distinguida con el número 037 en su casco de entrenamiento.

Otra historia es la de Diana Carolina Suárez. Pensaba ingresar a la universidad para obtener un título profesional en pediatría o como nutricionista, pero se dio la oportunidad de ingresar a la Escuela Militar, donde obtuvo el título de subteniente. “Quiero seguir la carrera de oficial, porque todos los días se aprenden muchas cosas, además de la disciplina, el ejemplo y otras especialidades”, relata.

“Aquí en el curso de paracaidismo soy la número 142 y le puedo decir que todas las mujeres contamos con capacidades diferentes. Aquí debemos mostrar de qué estamos hechas y que sí podemos cumplir con estas altas exigencias físicas y mentales”, señala.

Insistió en que “aquí todos somos alumnos, siempre estamos acatando todos los pasos del entrenamiento, con disciplina, y le echamos las ganas para mostrar la forma”.

Sobre el entrenamiento afirma que “cuando estamos pasando por las maquetas, todos sin excepción, en algún momento nos dan nervios y en especial en la torre. Cuando estamos arriba, listos para el primer salto, es una experiencia que nunca hemos vivido”.