Javier Francisco Ospina es un hombre de 38 años que encontró en el Centro de Desarrollo Integral y Diferencial-Proyecto de Vida (Cedid-PV), de la Secretaría de Integración Social, una oportunidad para salir de la soledad y la frialdad en las que estuvo inmerso durante 18 años mientras vivía en la calle.
Logró terminar con éxito su proceso de inclusión. Lo alcanzó el mismo día en que se reencontró con su familia y empezó a hacer realidad los sueños que un día quedaron en pausa.
"A mí me gustaba mucho el deporte, tener muchas amiguitas y estar con mi papá. Siempre tuve una buena amistad con él”, recuerda con nostalgia Javier.
El primer acercamiento con las drogas
Los padres de Javier eran consumidores de droga, razón por la que estuvo inmerso en este mundo desde temprana edad.
“Mi papá fue un pillo, él siempre fumaba en la casa con mi mamá. Ellos estaban en una olla y se salieron cuando se dieron cuenta de que nosotros ya estábamos creciendo. Siempre me enseñaron a tener la capacidad de ser diferente, pero por la rebeldía de querer obtener fácilmente las cosas me salí de estudiar. Me puse a hacer cosas que no convenía, como robar en la casa, defraudar la confianza, hasta vender la ropa y andar llevado”, relata.
Su padre se suicidó ingiriendo medicamentos psiquiátricos para dormir, un hecho que marcó a Javier y le dio motivos para ser resiliente. Con costales y bolsas al hombro e incluso desde su carreta, se había dedicado a reciclar, en medio de los intensos rayos solares que contrastaban con las torrenciales lluvias, enfrentando, incluso, la desidia de la gente.
“Me decían carramán y desechable. Una vez mi mamá me vio durmiendo en un parque completamente degenerado, me daba vergüenza llegar a que me vieran así”, señaló.
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La familia, su motivación más grande
Cada fin de semana visita a su mamá, su hija, su nieto y a su perrita Laika Peluchina Ospina Rojas. “Mi mamá vendió leche en cantinas para sacar a mis hermanas adelante, ella es un ejemplo de superación. Tengo una hija y un nieto, quiero ser un ejemplo para él. Mi perrita también ha sido una bendición muy grande”, señala Javier.
Laika pertenecía a un anciano compañero de Javier en uno de los hogares dispuestos por el Distrito en el barrio Los Mártires. En una reubicación, la mascota quedó sola y a merced del refugio. Javier cuenta que perseveró por adoptarla, puesto que varios de sus compañeros estaban interesados en el mismo fin.
“Yo luché por ella hasta que le pusieron un chip y quedó registrada a mi nombre; es mi hija, mi felicidad. Ha hecho de psicóloga, trabajadora social y amiga fiel. Me ha motivado con su cariño y me ha acompañado en los momentos más oscuros”, relata.
A la compañía de Laika se ha sumado también el apoyo de promotores que lo acogieron y le prestaron su ayuda en los momentos en que más lo necesitó. A ellos siempre los recuerda, porque fueron parte primordial en su proceso de transformación.
En sus conversaciones siempre dirá que está muy agradecido con cada una de las personas que lo atendieron, con aquellos que en los diferentes centros de servicio le ofrecieron un plato de comida y una mano amiga para volver a empezar.
“A Integración Social le envío un saludo, soy una persona renovada y en bendición. Muy agradecido por todas las ganancias que me han dado, por abrirme puertas donde yo no lo había pensado”, resaltó.
Nuevos sueños
Javier lleva cerca de un mes como operario de aseo en el Grupo Éxito y asegura sentirse completamente feliz con la vida que está iniciando. Llegó a la empresa gracias a una articulación con la Secretaría de Integración Social y señala que este trabajo se dio como resultado del esfuerzo y la lucha mientras estuvo en calle.
Está ahorrando porque sueña con vivir en un apartaestudio, comprar el televisor, la cama, la lavadora y todo lo necesario para hacer de ese espacio un hogar. También le apuesta a una moto y a darle unos retoques a su dentadura.
“Ya no tengo que meter la mano en la basura, ya no tengo que mirar los viajes que llevan otros para derrochar. Pasé de sacar de las basuras, de dormir en la calle y de ser un don nadie, a tener dignidad y valores”, menciona Javier, con lágrimas en los ojos.
Aunque comenzó en un centro de autocuidado y pasó por distintas unidades, el lugar en el que concluyó este tiempo de inclusión fue el Centro de Desarrollo Integral y Diferencial-Proyecto de Vida (Cedid-PV), espacio que brinda un proceso de cuatro meses para personas en riesgo y de siete a nueve meses para ciudadanos habitantes de calle con discapacidad, personas mayores, carreteros, con animales de compañía, sectores LGBTI y mujeres.
Los consejos de Javier
El proceso que ha vivido en los últimos años lo ha convertido en un hombre de fe, devoto a Dios y a los propósitos que asegura que tiene para él. Bajo esta premisa, aconsejó a los jóvenes que hagan caso a sus padres y que busquen a Dios para no caer en escenarios negativos asociados a la drogadicción.
“Todos sabemos que hay un Dios. La juventud se pasa volando, el tiempo no perdona si uno no se pone pilas para tener una buena vida. Creo en estos proyectos que nos ayudan y en que existen las personas buenas. Sí se puede, no hay cosas imposibles, solo falta de determinación”, sostuvo.
Javier agradeció especialmente a sus supervisoras Sandra y Olga por explicarle el manejo de sus herramientas de trabajo y por el apoyo para manejar la ansiedad. “Tener la vida es la mejor ganancia para dejar las calles. Ser legal vale la pena”, concluyó.