| El Nuevo Siglo
Carlos Eduardo Sabogal Rubio, uno de los dos administradores del tradicional local.
ENS-Alejandro Avendaño
Domingo, 20 de Noviembre de 2022
Redacción Nacional

“Fue mi tatarabuela quien fundó La Puerta Falsa”, comienza a contar su historia Carlos Eduardo Sabogal Rubio, uno de los dos administradores del tradicional local, contiguo a la Catedral Primada de Bogotá, conocido por muchos como el primer restaurante que tuvo la ciudad capital, hace más de dos siglos.

Para ser más exactos, son 206 los años que suma este icónico lugar, fundado en la calle 1 con carrera sexta, en 1816. Desde ese momento ha recibido a millones de turistas y visitantes, tanto nacionales como internacionales. Sus paredes guardan centenares de secretos y han presenciado innumerables reuniones políticas, a partir de las cuales seguramente tomó forma buena parte de la identidad nacional.

Y a lo largo de esos dos siglos, la aguapanelería sigue en manos de sus dueños fundadores, seis generaciones (que hasta cierto punto son ocho, pues los nietos y bisnietos de don Carlos ya están involucrados con su tradición y preservación), cuyas raíces familiares se funden con los cimientos de este lugar.

“Llegué a administrar este lugar por nacimiento. Mi madre, Lucila, fue la quinta generación de la familia dueña de La Puerta Falsa desde que inauguramos el local, hace 206 años. Yo soy la sexta generación que lo ha administrado pero mis hijos y nietos están involucrados también, así que en realidad son ocho generaciones de mi familia atadas en cariño y afecto a este lugar”, comienza su relato don Carlos Sabogal, quien admite en toda franqueza que su vida es difícil desligarla de este sitio pues… de hecho son una sola cosa.

“La Puerta Falsa me ha traído todos los gratos recuerdos de mi vida y me ha prodigado todas las satisfacciones. Esto ha sido generacional porque quienes siempre hemos estado al frente del negocio somos personas con un sentimiento y un respeto profundo por este sitio. Este lugar es el que se defiende y nos defiende; el que habla por nosotros, el que cuenta cosas buenas y soporta todas las cosas malas. Es parte de mi ser, de mí mismo. Y si algo le pasara es como si me pasara a mí, como si me desmembrara”, relata con elocuencia don Carlos, quien acto seguido se remitió 200 años atrás para contar el origen del lugar que, hasta cierto punto, le ha dado sentido a su vida.

“La Puerta nació de un afán. En aquella época la Iglesia, por indicación de la Corona Española, tenía la misión de catequizar e imponer el castellano, el idioma de la corona. Eso incluía actividades religiosas sobre todo con la presencia de los niños, que eran el sentir de la comunidad. Para las actividades los niños y sus familias eran citados a determinadas horas a la iglesia, y eso afectó mucho el pensar de mi tatarabuela. Ella observaba que las actividades eran muy prolongadas y por eso le dijo a su marido que organizaran en su casa una tienda para servicio de la feligresía”, comienza su relato uno de los copropietarios de la misma, don Carlos Sabogal quien, conjuntamente con su hermana, Aura Teresa, ha tenido que sortear el último tramo de la historia de este lugar.

De esta manera la casa de la familia, de estilo colonial española con una influencia andaluza muy fuerte, se fue adecuando en el local que en un comienzo fue una dulcería, y que desde entonces fue dirigido solamente por mujeres, en un matriarcado centenario que la mamá de don Carlos rompió.



Un incendio a comienzos de milenio

El nombre La Puerta Falsa es producto de su ubicación, pues el local quedaba al frente de la puerta lateral de la catedral, que era algo así como la puerta importante de esa calle. Don Carlos recuerda con tristeza el aciago momento en que un incendio consumió el local en el 2002, pero fue un momento crucial que dejó en evidencia el tesón de las personas que siempre han estado detrás de uno de los lugares más tradicionales de la gastronomía santafereña.

“Nos golpeó a todos muy duro. Pero la actitud de quien entonces regentaba la propiedad y dirigía La Puerta, mi madre, fue sorprendente. El incendio se produjo a la una de la mañana. Yo llegué poco después y la vi parada al frente de La Puerta, observando lo que quedó después del incendio y del intento de los bomberos por rescatar el lugar. Todo quedó muy maltratado. Nosotros, por razón de tradición y presencia en la tradición, tenemos una alianza con la catedral y con la curia. Contemplando lo sucedido llegó una monja al lugar, lo recuerdo como si fuera ayer, le tocó el hombro y le dijo a mi mamá: ‘¡Lupe! ¡Cómo quedó esto! ¡Destruido!’. Y mi mamá, que no se volteó a mirarla, le respondió sin apartar la vista de La Puerta: ‘Pero lo importante es lo bonito que va a quedar’”.

Ese momento, entre comillas “trágico”, refiere don Carlos, fue un pedacito de toda la historia que esconde un lugar que, como él bien lo mencionó, ha sido testigo del transcurrir de la historia política de este país.

“Nuestra presencia en este lugar nos ha permitido ser testigos de todo lo que sucede en la Plaza de Bolívar, que es la voz cantante y sonante de lo que sucede en país. Capítulos políticos, religiosos, culturales, de protesta… de todos los órdenes, que le han dado la cara y el carácter al país y ahí hemos estado. Vimos la destrucción de dos palacios de Justicia y todo el vivir y el sentir de Bogotá, reflejo de lo que es el palpitar de la nación. Eso nos ha hecho fuertes, nos ha hecho un búnker de la tradición”.

Pero, eso sí, ante la pregunta sobre un visitante reconocido, prócer, o de una personalidad excepcional que haya estado en La Puerta Falsa, en estos dos siglos prestando un servicio a la ciudad, “nosotros tenemos una tradición infranqueable: nunca manifestar quién ha estado ahí. Este es un lugar sencillo, sin protocolos, sin significación de niveles sociales y eso es suficiente. Hay presidentes y expresidentes que han ido y otros que no. Mejor dejarlo ahí”.

Ahora bien, “¿Sabes de quién te puedo hablar?”, preguntó don Carlos, para luego responder: “De mi abuelo, Agustín Sabogal Mantilla, general de la República condecorado con la Cruz de Boyacá, y para él era una satisfacción que sus conocidos fueran a La Puerta Falsa. Tenemos un efecto histórico y nacional pero no porque seamos importantes, sino porque llevamos vigentes mucho tiempo”.