Cuando, hace unos lustros, Colombia estaba sumida en plena confrontación bélica interna, se decía que las Farc eran prácticamente intocables, puesto que llevaban décadas de combates sin que ningún miembro del llamado Secretariado o comandante representativo hubiera sido capturado o dado de baja. Por esto, aun hoy, muertes como la de ‘Santrich’, hace unos meses, al igual que la de ‘El paisa” o ‘Romaña’, en estos ocho días, causan tanta conmoción en la opinión pública.
Probablemente esa idea de intangibilidad de las Farc, confirmada durante muchos años desde su irrupción, fue la que le permitió a esa guerrilla situarse, por una parte, como una especie de ‘Robin Hood’ colombiano ante la comunidad internacional y, de otra, presentarse como invencible al interior del país. Inclusive se decía en los corrillos políticos de la izquierda que Manuel Marulanda Vélez o ‘Tirofijo’, jefe de esa facción armada desde los años sesenta del siglo pasado hasta su muerte, en 2007, podía ser un símbolo de la revolución latinoamericana puesto que, a diferencia de otros como el “Che” Guevara, había sobrevivido en las selvas colombianas sin sufrir un rasguño y poniendo en jaque a las instituciones del país.
En esa dirección, ni siquiera había valido que Colombia hubiera adoptado las leyes marciales, sustentadas en el Estado de Sitio, para recuperar el orden público y restablecer la seguridad en todo el territorio por esa vía extraordinaria. Un método solo para circunstancias especiales y supuestamente temporales para conjurar la rebelión o sedición que, sin embargo, se prolongó desde antes de la fundación de las Farc, en 1964, hasta la Constitución de 1991, cuando se cambiaron los criterios al respecto.
Incluso, esa recurrencia a las normas excepcionales se volvió costumbre, durante parte considerable del siglo XX, bajo la sombrilla internacional de la Guerra Fría y hasta la caída del bloque soviético. Y con base en esa plataforma de excepción se adoptaron legislaciones nacionales que nada tenían que ver con la seguridad interna o se hacían muchos esfuerzos para intentar hacerlas congruentes con la precaria situación de orden público.
Bajo esa perspectiva, comenzó a darse por descontado que, como mínimo, había una situación de empate entre las fuerzas del Estado y esa organización subversiva. Al menos esa era la premisa que se hacía correr, sobre la base de que las Farc eran cada vez más intocables, en particular después de 1991 cuando, a raíz de que otros grupos guerrilleros habían dejado las armas, produjeron un nuevo desdoblamiento de sus frentes, quedándose con el monopolio del alzamiento armado (en mayor medida que el Eln).
De tal modo, y en esa trayectoria prolongada, algunas veces la organización armada habló con los gobiernos a fin de su eventual desmovilización, pero el hecho concreto es que de esos diálogos solía salir fortalecida y lista para escalar sus acciones. Ahora más, alcanzó a hablarse internacionalmente de Colombia como un “Estado fallido”, en la medida que había perdido toda eficacia en mantener su soberanía y dominio sobre el territorio.
Así, parte sustancial de la estrategia militar y política de las Farc quedó determinada por el hecho de intentar presentarse ante el mundo como una fuerza beligerante, que combatía de tú a tú con las fuerzas del orden, con las connotaciones correspondientes en su estatus internacional. De tal modo, si por un lado pretendían ser reconocidas política y oficialmente en el exterior (como en su momento lo hizo Hugo Chávez, cuando era presidente de Venezuela), por el otro recrudecían sus actividades terroristas en Colombia: multiplicaron las extorsiones y el secuestro, atacaron los pueblos con cilindros bomba y apuraron el control territorial sobre determinados lugares, en especial zonas de cultivos ilícitos, minería criminal, contrabando de gasolina y madera, abigeato y dominación de las cosechas.
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Símbolos de terror
En ese escalamiento de la violencia, precisamente, fueron determinantes ‘El paisa’, jefe de la columna móvil “Teófilo Forero”, causante de las operaciones más trágicas, y en la misma medida ‘Romaña’, creador de las llamadas “pescas milagrosas”, o mejor dicho “pescas diabólicas”, cuyo objetivo era secuestrar en las carreteras un número indeterminado de ciudadanos, para después dejar en cautiverio permanente a los de su interés económico.
Es posible que, en la actualidad y para las generaciones más jóvenes, este sea un pasado irreconocible. En todo caso, el eje gravitante de la confrontación comenzó a modificarse luego de establecido el Plan Colombia cuando, a partir del cambio en las condiciones estructurales y operativas de la Fuerza Pública, el Estado retomó la iniciativa y obligó a las Farc a replegarse a la periferia o recluirse en las cordilleras, sin movilidad.
Efectivamente, al mismo tiempo que el ya anciano comandante de la organización armada fallecía de muerte natural, en 2007, se producía el bombardeo al campamento de uno de sus lugartenientes principales y miembro del Secretariado, ‘Raúl Reyes’, al otro lado de la frontera con Ecuador.
Si bien el acto causó un estremecimiento internacional, fue la primera notificación fehaciente de que las Farc no eran intocables y que seguirían siendo perseguidas, aun por fuera del país. Inclusive, la política de recompensas adoptada llevó a que se traicionaran entre ellos, como sucedió con la muerte del integrante más joven del Secretariado, “Iván Ríos”.
La sucesión de la comandancia de las Farc quedó, entonces, en cabeza de ‘Alfonso Cano’ y del ‘Mono Jojoy’, protagonista de los secuestros masivos de soldados, policías y políticos, como segundo de abordo. Pero tres años más tarde, este fue bombardeado en su campamento de los Llanos orientales. No mucho tiempo después, ‘Cano’, quien ya venía adelantando contactos con el gobierno de turno para un nuevo proceso de paz, también cayó en una refriega con las Fuerzas Militares en Cauca. Ya no solo era, pues, un hecho que las Farc no eran intocables, sino que en los últimos tiempos se había desvertebrado su cúpula, además de haber perdido múltiples mandos de otros rangos, como ‘Negro Acacio’ o ‘Martín Caballero’, abatidos en bombardeos de la Fuerza Pública.
Tras el acuerdo
En esas condiciones, y sin un cese de fuego de por medio, se formalizó el proceso de paz en ciernes, que hasta entonces permanecía en secreto. A partir de finales de 2012 hasta septiembre de 2016 se adelantaron las conversaciones en La Habana que llevaron a los acuerdos de desmovilización de siete mil hombres-arma de las Farc, con sus contingentes de respaldo y la entrega de los fusiles a la ONU, y que finalmente no obtuvieron la refrendación popular.
Aun así, los acuerdos se mantuvieron por vía de una proposición adoptada por el Congreso, que llevó a la fundación del hoy partido político “Comunes”. No obstante, el jefe negociador de las Farc, ‘Iván Márquez’, regresó a la larga a la clandestinidad, bajo la protección el régimen venezolano de Nicolás Maduro, y allí retomó el alzamiento terrorista contra Colombia al lado de otros reincidentes como ‘Jesús Santrich’, ‘El paisa’ y ‘Romaña’.
Al mismo tiempo, otro sector considerable de las Farc, también activo en Venezuela, nunca hizo parte de los acuerdos de desmovilización y comenzaron a ser denominados como las “disidencias”, bajo el mando de ‘Gentil Duarte’. Aunque en principio se pensó que se unirían al sector de ‘Márquez’, sin embargo, siendo más fuertes y activos en Colombia, terminaron enfrentados en una guerra sin cuartel.
A ese enfrentamiento, precisamente, se deberían las muertes, tanto de ‘Santrich’, hace unos meses, como de ‘Romaña’ y ‘El paisa’, en estos días. Por lo menos es lo que, en buena medida, han confirmado las autoridades colombianas, pese a la incredulidad de algunos. Lo que, de una parte, corrobora hasta dónde llegan los tentáculos de las “disidencias”, protegidas por el régimen de Nicolás Maduro y en ascenso en Colombia, y de otra parte la lava volcánica que, después de todo lo dicho anteriormente, sigue erupcionando las Farc.
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