| El Nuevo Siglo
José Miguel Suárez
Viernes, 6 de Enero de 2023
Hernando Suárez Albarracín

Por: Hernando Suárez Albarracín

En tarde fresca con ligera llovizna al final y tres cuartos largos de entrada, se llevó a cabo la tercera corrida, quinto festejo, de la feria cafetera en Manizales. Se corrieron cinco toros de la ganadería de Las Ventas pobres de fuerza y movilidad, y uno potable de Juan Bernardo Caicedo. Luis Bolívar cortó cuatro orejas y salió una vez más por la puerta grande.

A pesar de los pesares, la corrida comenzó bien. Perfumado, primero en asomar por la puerta de chiqueros, no tenía aroma de bravo. Metió la cabeza bajo el peto, pero llevaba consigo el condenable defecto de rematar echando las manos por delante. Luis Bolívar tenía bien claro lo que debía hacer y comenzó a bordar su faena con muletazos aislados, dando pausas entre uno y otro, y metiendo el engaño abajo para buscar que el toro escupiera su defecto. Vinieron luego tandas largas y el cinqueño se olvidó de su vicio para iniciar la danza unida al mando de Bolívar. Fue una faena técnica, y aunque lo técnico quita lo espectacular, la parroquia aplaudía mientras la obra de Luis ganaba valor, sin que hubiera emoción desbordante. Estoconazo en todo lo alto recibiendo. Dos orejas.

Continuó el concierto de Bolívar y se las vio en su segundo turno, 4º. de la tarde, con Abúlico, número 614, que evidenció fuerza y recorrido por debajo de lo deseable. Afortunadamente cayó en manos de Bolívar y se salvó de una bronca inminente. La faena brilló por el pundonor del diestro, su técnica ya habitual y la inteligencia que tuvo de someterlo con lentitud para lograr que le permitiera lucirse. El toro, de embestida abúlica como su nombre, tuvo la fortuna de encontrar quién cubriera su falta de casta y el asunto terminó felizmente. Fue la victoria de la estética sobre la sosería. Estocada hasta el fondo del alma para verlo rodar sin puntilla. Dos orejas.

Emilio de Justo, torero español nacido en la población de Cáceres, Extremadura, lidió el segundo de la corrida: Un precioso castaño que no guardó coherencia en su comportamiento, con esa pinta. De Justo lidió con muletazos pausados en procura de su entrega y el ojo de perdiz terminó embistiendo y repidiéndose con amor de cuarentona. Gracias al mando y al amplio repertorio técnico del diestro, logramos disfrutar de una magnífica función de derechazos; no obstante, bastó que el espada pasara la muleta a la mano izquierda e ipso facto el toro se rajó. Entonces Emilio fue a buscarlo a las tablas y le instrumentó cinco muletazos de pitones a rabo para luego despedirlo de media estocada bien dirigida pero ligeramente trasera y descabello. Silencio.



El segundo de su lote fue lidiado en sexto lugar y no en quinto, por problemas relacionados con la designación del segundo sobrero de la corrida. Saltó entonces Gorra Roja, un ‘Juanbernardo’ que contrastó con los cinco de Las Ventas que se corrieron, fundamentalmente en fuerza y casta. En el primer tercio, Emilio de Justo ordenó un necesario segundo puyazo que la mayoría de asistentes protestó; sin embargo, esa vara incidió en el juego bondadoso que terminó dando el astado, al que el extremeño logró cuajar una faena de mérito para brindarnos momentos de arte y belleza torera. La mala pasada corrió por cuenta de su infortunio con el acero. Palmas a toro y torero.

El tercer alternante, el también español Tomás Rufo, midió poderes primero con un toro que se dejó lo suficiente y permitió que éste se acomodara con él para bordar una faena decorosa. El toro era más potable por el pitón derecho y por allí precisamente, promediando la faena, ejecutó dos derechazos lentos, profundos, eternos, que imprimieron belleza a su labor. Dejó un estoconazo fulminante. El toro rodó sin puntilla. Una oreja con petición de segunda.

El segundo de su lote, de nombre Escondido, 486 kilos, fue bajo de fuerza y, por lo mismo, de recorrido limitado. Pero Rufo, desde que brindó al público, anunció que quien iba a embestir era él. Con ganas, honradez y torería construyó una faena que el público valoró. Lento, aseado y con buenas maneras el talaverano exprimió hasta la última gota de agua de esa fuente casi seca que tenía al frente. Un pinchazo, media y descabello fríos, le privaron del trofeo. Pitos al toro. El coletudo saludó desde el tercio.

La suerte que corrimos quienes asistimos a la corrida seguramente hubiera sido distinta, de no haber sido por las muletas que se encargaron de ocultar los defectos de los toros. Así es nuestra fiesta, así la amamos y así nos apasiona.