| El Nuevo Siglo
El colombiano Luis Bolívar, en plaza casi llena, cortó tres orejas e indultó un toro en Manizales.
/José Miguel Suárez
Miércoles, 4 de Enero de 2023
Hernando Suárez Albarracín

Por: Hernando Suárez Albarracín

Con casi lleno en los tendidos, en tarde soleada y abrazada por un ambiente extraordinario, se celebró una sensacional corrida en la Feria Taurina de Manizales, que dejó como saldo el corte de seis orejas y un toro indultado. Fueron protagonistas el español Antonio Ferrera y los colombianos Luis Bolívar y José Arcila, que despacharon un muy buen encierro de la ganadería de don Juan Bernardo Caicedo.

El segmento cumbre del festejo se dio desde que saltó al redondel sonoro de Manizales el toro Legionario, número 179, que anunció en la romana que había llegado a la plaza con 488 kilates. ¡¡¡Torazo!!! Qué manera de embestir. Jamás renunció a su trono de bravo, al que invitó al maestro Luis Bolívar. El diestro aceptó y muy pronto conectó con él, para torearlo a la altura de su categoría.

El toro acudió con clase a todos los toques de la muleta maestra y mandona de Luis Bolívar, que lo lidió de manera admirable, en auténtica cátedra de manejo de tiempos y distancias. Legendario estaba tan enrazado que ni siquiera la manifiesta cojera de su remo delantero derecho fue óbice para entregarse, obediente y bravo, a la danza preciosa que le propuso el maestro Bolívar.

Faena de muletazos largos como los ríos y profundos como el mar, lenta porque había que torearlo con guante de seda para impedir que su molestia echara todo a perder. Por eso el astado, al final, giró su cara buscando tenuemente las tablas. La apoteosis estuvo en riesgo, pero el arte mandón pasó cara factura y vino el delirio. ¡¡El toro ha sido indultado!! Locura, abrazos... llanto en los tendidos. ¡Enorme Bolívar, ante un ejemplar de bravura también enorme!

El primero de su lote, de nombre Navegante, tenía más pintas que un desfile de modas: burraco, corrido, bragado, meano, aberijao, carifosco, gargantillo, astiblanco, corniveleto y girón. Se empleó bien en el caballo y fue pronto al embestir, pero acusó el defecto de salir demasiado suelto del engaño. Bolívar, en maestro y con mano baja, supo presentar la tela y remataba los muletazos marcando la salida del toro, que terminó entregado. Ahí pudimos disfrutar lo que en una muleta sin poder hubiera sido imposible. Faena técnica, pero también artística. Al final el toro, obviamente, renunció y con descaro se rajó. Estocada ligeramente desprendida, bien dirigida. Una oreja.

La corrida traía aroma de triunfo desde el comienzo. Antonio Ferrera lidió el que abrió plaza, de nombre Cerillero, al que no le cuajó una faena sino con el que se tranzó en una literal guerra. Eso fue: ¡¡Una guerra sin cuartel!! El toro tenía más fuerza que una locomotora. En varas empujó al caballo y lo llevó hasta el mismo eje del ruedo para luego volverlo a llevar hasta las tablas. Con toda esa fuerza fue renuente a embestir, pero al frente estaba Antonio Ferrera, que al mejor estilo de un gladiador guerreó contra la terquedad del toro. Incrustó la muleta abajo de la pala y tiró del toro con la fuerza de la misma locomotora para obligarlo a embestir y arrancarle muletazos. Incluso ejecutó una tanda haciendo pausas entre muletazo y muletazo, para oxigenar al toro y ayudarle a cambiar de parecer. Espadazo fulminante hasta los gavilanes. Dos orejas. 

El de su segunda aparición, cuarto toro de la corrida, aunque en menor medida, acusó estar divorciado también de la fijeza. Ferrera, en plan serio, llevó al chorreado hasta los medios y lo toreó con gusto y a base de buenas maneras. El juanbernardo cumplió las citas que propuso el diestro, si bien luego se fue a las tablas. El mallorquín echó entonces mano de su particular manera de ejecutar la suerte suprema y después de un 'viaje' de veintiún pasos, vació el estoque pero este cayó trasero y algo tendido. Descabelló y escuchó palmas.



José Arcila, torero de Manizales, pechó en primer lugar con un toro de aceptable nota en la pica con el que estuvo entregado; el toro, en cambio, empeñado en exhibir su condenable manera de salir suelto. Distraído, embestía pero remataba buscando las tablas. Arcila buscó corregir al toro presentando el engaño abajo y corriendo la mano con suavidad, con lo que logró ejecutar algunos muletazos de mérito, aunque la faena, por las condiciones del toro, no alcanzó emoción. Despachó de estocada en todo lo alto y de rápido efecto. Una oreja.

En el toro que puso fin a la corrida nos quedamos con el sinsabor que produce no haberlo visto en toda su dimensión. El jabonero peleó en la vara hasta literalmente echarse el caballo a los lomos, persiguió con codicia en banderillas pero llegó a la muleta con tendencia a rajarse. Arcila anduvo poco enterado de la necesidad que había de bregar a embarcar el toro y torearlo, displicencia que condenó al toro a ser arrastrado pronto al desolladero y el asunto terminó con más pena que gloria.

Así terminó una corrida inolvidable, que nos llevó a sentir lo indecible.