Por: Hernando Suárez Albarracín
Muy buena entrada, más de tres cuartos, en tarde fresca y en medio de gran expectativa por el regreso a los ruedos del torero francés Sebastián Castella, que escogió a Manizales para ese importante momento de su carrera. Así se vivió la tarde de toros en la Monumental. Se lidiaron toros de Ernesto Gutiérrez, Juan Bernardo Caicedo y Las Ventas del Espíritu Santo.
Boticario dio comienzo a la encerrona. Toro número 67 de 456 kilos de la ganadería de Ernesto Gutiérrez, que resultó justísimo de fuerza. Fue por lo mismo de cortas embestidas y tuvo como virtud permanecer atento, no desparramar la vista. Sebastián Castella lo llevó a los medios y organizó su faena a base de muletazos que brillaron por su lentitud, suavidad y temple. Muy pausado lo lidió, hizo cortes largos y dejó al toro oxigenarse, para impedir que su debilidad terminara en rajazón irremediable. Así, le escurrió muletazos hasta que el toro no dio más y avisó tendencia a refugiarse en las tablas. Castella advirtió ese momento y envasó tres cuartos traseros para liquidar con el descabello. Boticario no tenía más remedio. Silencio.
Si con el primero no tuvimos suerte, con el segundo, un Juanbernardo de nombre Zafiro, nos fue peor. El toro pasaba con desgano, como si hubiera salido del gimnasio. Castella aplicó la misma dosis del anterior y se empleó instrumentando derechazos con guante de seda y alargando pausas entre tandas. Parecía torear en cámara lenta. El astado no dio opción a nada bueno por el pitón izquierdo y el francés decidió poner punto final con estocada desprendida y ladeada. Silencio. Pitos al toro.
El tercero fue inexplicablemente cambiado. Saltó entonces un ejemplar de Las Ventas que tampoco ayudó. Débil de solera, se paró en los medios y tuvo fijeza, pero no podía con su alma. Sebastián presentaba el engaño y arrebataba muletazos, mientras el toro escurría el poco combustible con que llegó a la plaza. Así se mantuvo hasta que se derrumbó. Estocada trasera y desprendida de tardío efecto. Silencio. Pitos al toro.
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Llegamos al cuarto y salió un Arabesco, toro de Caicedo, que sí tenía fuerza... y por quintales. En el tercio de varas por poco lanza al caballo al callejón. Infortunadamente fue castigado muy duro en varas, recibió cuatro puyazos y aún así llegó con ímpetu al segundo tercio para perseguir a los banderilleros, a quienes se quiso devorar enteros. El lío vino cuando Castella lo llevó a los medios y el requemado se atornilló allí e inmóvil renunció a la fiesta. Estocada desprendida, trasera y ladeada. Silencio. Pitos al toro.
La corrida comenzaba a cobrar cuotas de somnolencia, cuando por fin apareció uno que rompió. A una corrida descarriada llegó un Descarriado a ponerla en su sitio. El toro de Las Ventas tuvo fondo, transmitía, fue bravo; por eso mostró su clase en los medios. Castella lo recibió de tres cambiados por la espalda en su habitual estilo y luego se concentró en torearlo con exquisitez, metiendo la muleta abajo y tirando suave del toro para rematar con donosura. Una tanda algo trompicada y cambió de mano el engaño. El toro no embestía por allí con la misma calidad y la muleta volvió a la derecha para rematar la faena con el mismo arte que derrochó desde el comienzo. Espadazo arriba, ligeramente trasero y el toro a las arenas, sin puntilla. Dos orejas y vuelta al ruedo al toro; los tendidos revientan, abrazos, César Rincón llora, su hijo también, a nosotros se nos hace un nudo terrible. Es el sabor del triunfo, esquivo hasta ese momento. Qué emoción más grande.
Ernesto Gutiérrez clausuró el festejo con el toro Cerrajero, que dio juego suficiente para una faena interesante. El astado no embestía con clase pero embestía. Castella se empleó toreándolo con gusto y aprovechando la fijeza y bondad de un toro que a medida que avanzaba el trajín se iba quedando sin arrestos. Estocada en todo lo alto y descabello. Palmas al torero y fin de la corrida de su retorno a los ruedos.
La Virgen Macarena lo guarde. A nosotros también.