En menos de dos semanas, el popular ministro de Justicia, Sergio Moro, renunció y fue destituido Mendietta, hasta entonces ministro de Salud. Se trata de una crisis que no sólo tiene detrás el coronavirus, sino que puede derivar en un caso de obstrucción de la justicia
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BRASIL, el de ahora, con Jair Bolsonaro, se parece a un cuento del brutalismo realista de Rubén Fonseca. La tragicomedia de las redes sociales, los acalorados discursos, las playas con gente que se salta el aislamiento, han hecho que, por un momento, se olvide el coronavirus y la atención se enfoque en la crisis al interior del gobierno.
Hace unos días, el presidente de Brasil decidió liderar una manifestación contra el aislamiento obligatorio ordenado por los principales gobernadores del país. Desde el planchón de su carro, todo iba bien, muy bien, hasta que -por no se sabe qué- el “capitao” (como le llaman) tosió. Nadie quedó estupefacto, y siguió el acto en contra de la cuarentena y el clamor por un reapertura económica, pese a que el país lidera el número de fallecidos por Covid-19 en Latinoamérica. “Soy el Mesías, pero no hago milagros”, dijo días después Bolsonaro; suficiente para generar esa confianza absoluta en él de sus seguidores.
Muchos brasileños comparten la posición del presidente de Brasil, y en Latinoamérica, Andrés Manuel López Obrador. La economía, defienden, debe convivir con el virus, con un aislamiento menor restrictivo que se enfoque en los mayores y vulnerables. Sin embargo, esta tesis no ha sido respaldada por todo el gabinete. Luiz Mendietta, ex ministro de Salud, insistió en aislamiento, y perdió su puesto el 16 de abril. Y hay otros que también han salido del gabinete, pero por otros temas.
Poco después de la salida de Mendietta, el juez, y hasta hace seis días exministro de Justicia, Sergio Moro, presentó su carta de renuncia. Lo hizo motivado, ha publicado Estado de Sao Paulo, por las investigaciones que adelanta la Policía Federal contra el hijo de Bolsonaro, Carlos, quien aparentemente dirige una red de noticias falsas que promovió las marchas contra la cuarentena. La de la tos de su papá. En estos días, el jefe de la PF también fue destituido.
La renuncia de Moro, un popular ministro que previamente había dirigido el escándalo de Lava Jato, se ha convertido en el golpe político más duro para Bolsonaro en lo que lleva en Planalto. Una de los ejes de su gobierno, la lucha contra los corruptos, queda sin su principal cabeza, Moro, quien además ha dicho que está dispuesto a poner toda la información a disposición del Tribunal Superior Federal (máxima autoridad en justicia) y del Congreso. Así, se han despertado los fantasmas del pasado.
El proceso
A pocos días del Mundial Brasil 2014, las mismas calles donde se marchaba contra el aislamiento eran el escenario de inmensas movilizaciones contra Dilma Rousseff. Fue culpada por el TSF y un cuerpo de investigadores de Curitiba, al sur de Brasil, donde Moro tenía su equipo, de maquillar las cuentas públicas. Ni el fútbol, ni los Juegos Olímpicos frenaron las marchas. Tampoco paró el Congreso, que finalmente abrió un juicio político (impeachment) contra la sucesora de Lula, cuyo final fue el mismo que el de Fernando Collor de Melho (1993): salida anticipada de la presidencia.
En ese tiempo Bolsonaro era, como me dijo Consuelo Dieguez, escritora del principal y casi único perfil de él, en la revista Piauí, un congresista conocido por sus posiciones ultraderechistas, muchas veces divertidas, pero con poco potencial para ser presidente. Un día recibió a Dieguez en su oficina, adornada de cuadros de los generales de la dictadura militar “Castello Branco, Arthur da Costa e Silva, Emílio Garrastazu” y, sin ser preguntado, dijo: “¿De quién quieres que ponga una foto? ¿Dilma? ”. Y se rió a carcajadas. “Mira lo que vas a escribir sobre mí. Por favor, no destruyas un sueño de 25 años”, fue lo último que le pidió a Dieguez.
El polarizado Brasil, caracterizado por cierto pacifismo moldeado desde los tiempos de don Joao y don Pedro, empieza a volcarse contra su Presidente. Hace cuatro, y hace seis, lo hizo contra los líderes del Partido de los Trabajador (PT). Ahora, el 48% de los brasileños dice que Bolsonaro ha cometido actos de corrupción por interferir en la investigación contra su fijo y pide su renuncia. Sí, todo esto en medio de la pandemia.
Para evitar que la crisis escale, Bolsonaro ha movido sus fichas. Apoyado por una coalición de partidos de ultraderecha y derecha, se ha acercado al centro, “el centrao”, y le ha ofrecido varios puertos en el Gobierno, una apuesta que contradice otra de sus banderas de campaña: evitar el transaccionismo a cambio de apoyo político. Esta apertura, sin embargo, no parece tener la misma cabida en el Ejecutivo.
En Brasilia, la coalición de Bolsonaro ahora cierra sus filas con más evangélicos y militares. En reemplazo de Moro, ha nombrado a André de Almeida Mendonça, pastor y abogado, que puede ser determinante en la aprobación de una reforma para flexibilizar la posesión de armas en el país, a la que Moro se oponía. El gabinete tiene 22 militares, varios pastores y la cabeza económica del gobierno, Paulo Guedes, cuyas posiciones a favor del libre mercado han empezado a chocar con las de los militares, representados principalmente por el vicepresidente Hamilton Mourão.
Meses atrás, Guedes había insistido en su plan de privatizar empresas públicas y simplificar impuestos, en un paso para reactivar a una economía que venía dando buenas señales: 0,8% en 2019 después de la recesión de años anteriores. Con el virus, y la exigencia de ampliar el gasto público, aquel plan puede quedar postergado. De hecho, el gobierno ha prometido un paquete de rescate por 1,6% del PIB.
Cerca de cumplir dos años en la presidencia, Bolsonaro enfrenta la primera gran crisis política de su mandato. Enfriada, por ahora, por el virus y el aislamiento, la investigación por obstrucción a la justicia comienza un largo camino en el Congreso y los tribunales, donde aún posee una coalición que puede congelar cualquier intento de juicio político.
*MPhill en Estudios Latinoamericanos en la Universidad de Oxford (en curso). Colaborador de El Nuevo Siglo en Europa