Un concierto que puso en evidencia de que los tentáculos del dictador de Venezuela no pueden penetrar el corazón del mundo internacional de la música
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“Il y a bien de monde aujourd´hui à Versailles” (María Antonieta).
Así le dijo María Antonieta de Habsburgo a Jeanne Bècu, Madame Du Barry, contemplando el espectáculo de la corte de Luis XVI en el Palacio de Versalles. La austriaca era entonces Delfina de Francia, aún no había ceñido la corona que, años más tarde le costó la cabeza. Madame la Dauphine se dirigió en un tono irónico a La favorita pero, seguramente también admirada por el espectáculo insuperable de los miles de cortesanos que en una estudiada coreografía embellecían el palacio más fabuloso del mundo.
Guardadas proporciones algo de eso hubo la noche del martes, minutos antes de que se iniciara la presentación, ¡la segunda presentación! de la Orquesta Filarmónica de Viena, en el Teatro Mayor. Porque estaba todo el mundo. Es que la ocasión bien lo ameritaba.
Porque no se trató de un concierto más dentro de la asombrosa agenda musical del que, por derecho propio, es el primer teatro del país. La familia Santo Domingo, en cabeza de Beatrice Dávila de Santo Domingo patrocinó por completo la presentación de la Orquesta con el propósito de allegar, con el producido de la taquilla, fondos para el programa Cien mil niños al Mayor que, en palabras de la señora Santo Domingo, beneficia a niños y jóvenes de escasos recursos para descubrir los lenguajes de las artes escénicas, conocer otras realidades y soñar con un mundo mejor. ¡Cuánta razón, cualquier comentario está de sobra. Hay qué decir que cada uno de los asistentes al evento, sin precedentes en Colombia, puso un grano de arena en beneficio de un programa excepcional.
Ahora bien, el concierto tuvo necesariamente otra lectura. De corte político. Porque la gran orquesta vienesa estuvo bajo la batuta de Gustavo Dudamel, uno de los grandes de su oficio en el mundo, que en los últimos años actuó en el Mayor, año tras año, con la orquesta de la que hasta hace poco su titular, la Sinfónica Simón Bolívar de Venezuela. Dudamel, ante el asesinato de un joven violinista de 17 años en las protestas contra el régimen de Nicolás Maduro, rompió su silencio, manifestó su desacuerdo, vino la retaliación y ya no es el titular de una orquesta de la cual ha desertado ya la tercera parte de sus músicos.
El punto es que por fortuna los tentáculos el poder del dictador no alcanzan a penetrar ningún auditorio musical de este mundo. Menos aún el interior de la Sala Dorada de la Musikverein, sede de la Filarmónica vienesa, como quedó demostrado la noche del martes en el Mayor.
Como no es difícil de imaginar, artísticamente hablando, la presentación de la orquesta estuvo a la altura de la leyenda que rodea a una agrupación que desde su fundación en 1842 es una de las grandes protagonistas de la historia de la música. Y el desempeño de Dudamel corroboró lo que ya se sabe: que es un grande.

La primera parte del programa estuvo consagrada a Brahms, un compositor que está muy ligado a las entrañas filarmónicas. En primer lugar la Obertura académica op. 80, en seguida las Variaciones sobre un tema de Haydn, op. 56a. El resultado fue sencillamente el modelo de perfección que se podría esperar de una orquesta que ha tocado estas partituras cientos de veces bajo grandísimos directores, con mucha fogosidad y claridad estructural en la Obertura y sumo cuidado en las Variaciones, cuya perfecta estructura casi se va al traste por cuenta de un forofo que resolvió iniciar un aplauso cuando apenas terminaba la V. variación, Vivace. Troppo presto, a quien callaron sus vecinos con la velocidad de un rayo: ¡Tierra, trágame! debió pensar el pobre infeliz.
En la segunda parte Tchaikovsky. En su primera visita a Bogotá Viena tocó del compositor ruso la Sinfonía Manfred, op. 58, en esta la Sinfonía nº 4 en Fa menor, op. 36, sonido deslumbrante, asombroso ajuste en el Scherzo pizzicato ostinato, donde Dudamel, inteligente, dejó la orquesta resolver a su aire la primera perta de esa maravilla de engranaje de las cuerdas; quedó sí, la sensación de que en tanto en el segundo movimiento, como en el cuarto, cuidó de que los pasajes Pizzicato resultaran evidentes para crear una atmósfera de unidad que, seguramente para muyos espectadores no pasó inadvertida. Lo cierto es que ante una obra donde el genio del compositor como orquestador se impone, la categoría de la orquesta y la fogosidad del director venezolano parecían sólo concentrase en llevar su sinfonismo a las máximas alturas.
De remate dos Bises para responder a la ovación del auditorio que, desde luego, saltó de sus puestos para hacerlo de pies. Primero el segundo movimiento, Vals, del Divertimento para orquesta de Leonard Bernstein. Segundo, la Polka schnell Winterlust, op. 121 de Josef Strauss, hijo de Johann y hermano de Johann II, el rey.
Una gran noche. Bueno, una noche con la Filarmónica de Viena y Gustavo Dudamel. Nada más y nada menos…