| El Nuevo Siglo
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Domingo, 11 de Marzo de 2018
Vivián Murcia G.*

EL RECONOCIDO escritor colombiano habla sobre sus lecturas fundacionales y el por qué cree que el mundo digital supone un peligro para ese “maravilloso artefacto”, como define a la novela

Virginia Woolf decía que habría que leer Hamlet cada año y hacer anotaciones de cada lectura. Era la manera de expresar que una lectura es circunstancial. Dependiendo de las situaciones y de los momentos, las lecturas y lo que se puede extraer de ellas van cambiando con una persona, en el mejor de los casos, van creciendo. 

Juan Gabriel Vásquez (Bogotá, 1973) también tiene una lista de libros que le han formado como escritor y como ser humano. Esos que vuelve a leer y de los que toma nota porque han marcado su evolución. Los recopila en su segundo ensayo Viajes con un mapa en blanco (Alfaguara). 

 Vásquez reconoce en Don Quijote de Miguel de Cervantes  una obra fundacional porque, junto con El Lazarillo de Tormes, produjo un cambio en la mentalidad de los escritores y de los lectores: por primera vez, se le dio protagonismo a gente real, gente de pueblo, a personas pobres que no tenían qué llevarse a la boca o que luchaban contra molinos imaginarios en una batalla ya perdida. A partir de ahí los lectores y los escritores descubrieron la clave de la novela: indagar en el otro, ese otro que puedo ser yo y, así, ese otro con el que puedo empatizar. 

La empatía, un valor tan denostado hoy, sigue siendo, para Vásquez, el motor de quien abre un libro: encontrarse con un personaje que puede pasar situaciones parecidas o peores que las mías y ponerme en su lugar o sentirlo a él en mi lugar. Un valor que nos une con otro y que ha sido transmitido a través de magníficas novelas que ahora, según el colombiano, se enfrentan a un peligro: las redes sociales, el mundo digitalizado que, para él, no hace nada más que generar ficciones que pretenden ser Historia y ruidos que hacen lo opuesto a ponernos en sintonía con los otros para convertirse en ataques groseros a golpe de clic, el todos contra todos.  

Este libro empieza con un proyecto. Usted fue invitado a ocupar una cátedra en la Universidad de Berna con una misión estupenda y a la vez temible»: hablar, durante catorce semanas, del arte de la novela. ¿Qué es el arte de la novela?

El arte de la novela es, para un novelista, la preocupación de todos los días. Ninguno de los oficio creativos y, en particular, del novelista, dejan de involucrar la pregunta diaria de ¿por qué estoy haciendo esto? ¿por qué leemos novelas?

Eso, desde el punto de vista del creador, toma otra importancia y otro punto de vista porque siempre nos acompaña la pregunta que ha sido explorada por muchos libros: ¿para qué seguimos escribiendo novelas? y ¿las novelas dejarán de tener un lugar importante en nuestras sociedades?

Estos libros que recopilo en el ensayo son fruto de todas esas inquietudes. Pero, lo más importante, es que pretende, humildemente, aportar una reflexión sobre el oficio narrativo dirigida no a los escritores sino a los lectores.

 

¿Todos somos aptos para desarrollar el arte de la novela?

 

Sí, en tanto que es una exploración desde el lenguaje y desde la virtud especial que, para mí, ha desarrollado desde su origen: la curiosidad por el otro. El ser humano como misterio es lo que está en el centro del impulso novelístico. En Elizabeth Costello de J.M. Coetzee, la protagonista dice que la novela contemporánea es la exploración del destino humano caso por caso. Esa exploración por el otro es el gran aporte de la novela.

 

¿Cuáles son esas grandes preguntas que usted tiene como escritor?

Las novelas son siempre un intento por responder a las preguntas más complejas que nos planteamos los seres humanos, pero las preguntas se pueden formular de una manera muy simple: ¿Quiénes somos los seres humanos? ¿Qué significa esa manera que tenemos de vivir en sociedad? ¿Por qué intentamos todo el tiempo comprendernos?

 Las grandes preguntas siempre son profundamente difíciles, complejas y ambiguas y, al mismo tiempo, simples en el sentido de su enunciado.

 En mis novelas siempre está presente una pregunta que es una especie de obsesión que tiene que ver con lo que sucede en el cruce de caminos entre las vidas privadas y las vidas históricas, las vidas colectivas. Mis novelas tratan de explorar momentos de la historia colombiana que tienen una significación universal como la guerra contra las drogas en El ruido de las cosas al caer, como los asesinatos de ciertos personajes políticos que tienen una resonancia internacional porque tratan de explorar las grandes conspiraciones que moldean las historias de nuestros países La forma de las ruinas. Intento dar algo de luz en ese espacio en el que la Historia se lleva por delante nuestras vidas íntimas.

Las redes sociales son un lugar de ruido, de distracción constante, de picoteo e informaciones superficiales y la novela exige una concentración, un silencio que determina la costumbre de pensar durante un tiempo sostenido en lo mismo.

En el libro dice que “sería lamentable que la novela dejara de ser importante” ¿La ve en peligro?

El lugar de la novela, como género, ha cambiado a lo largo de los años. En algunos momentos, ha sido más importante que en otros, ha tenido momentos de mayor influencia social capaz de moldear una manera de ver el mundo e incluso moldear nuestros mundos políticos. Yo me pregunto por su lugar en nuestro tiempo porque creo que estamos viviendo en una época en la que dedicamos una parte enorme de nuestra conversación diaria a pensar en relatos. Hoy estamos más conscientes que hace décadas de la importancia que tienen los relatos que nos contamos en nuestra vida porque estamos preocupados de lo que pasa en las redes sociales, estamos preocupados por el asunto de la denominada posverdad y las versiones o los hechos alternativos como decían en la campaña de Donald Trump.

 Todo eso tiene un punto en común con la escritura de ficción y es que se trata de contar cosas que no han pasado. Somos conscientes de que hay dos maneras muy distintas y divergentes de contar relatos: una es la manera de la ficción cuyas elaboradas mentiras tratan de iluminar y de descubrir cosas y de llegar a una verdad profunda y, por otro lado, están las noticias falsas y mentiras que se expanden como virus en las redes sociales cuya misión es oscurecer, ocultar y falsear lo que ha sucedido.

Viajes con un mapa en blanco es una reflexión que tiene como punto de partida a Cervantes y su Don Quijote ¿Es una novela fundacional? ¿Por qué esta y no una latinoamericana, en su caso?

El nacimiento de la novela sigue siendo un punto de peleas irreconciliables entre distintas maneras de ver lo que ha sido la historia de la literatura. Hay gente que cree, muy convencidamente, que la novela comenzó en Grecia Antigua o en Roma, y hay gente que cree que la novela comenzó con Robinson Crusoe, de Daniel Defoe.

Yo veo que en algún momento entre la publicación de El Lazarillo de Tormes, en 1554, Don Quijote, en 1615, en ese medio siglo, creo que hubo un cambio muy radical en nuestra manera de entender el mundo. Era un mundo en plena revolución: nos habíamos dado cuenta de que existe un continente al otro lado del mar, de que la Tierra gira alrededor del sol y no a la inversa y de que puede haber otros sistemas solares, como lo anunció Giordano Bruno por lo que fue quemado.

Como parte de todas estas revoluciones están estos libros que intentan transmitirnos la idea de que la experiencia del ser humano completamente corriente tiene una vida rica, misteriosa que vale la pena explorar a través de la ficción en prosa.

Hasta ese momento, la prosa se había dedicado a contar las historias épicas donde el pequeño hombre del común no estaba presente o, si estaba presente, era motivo de burla o de caricatura. El Lazarillo de Tormes es un libro, evidentemente, escrito por una persona muy rica, muy culta, que formaba parte de círculos humanistas muy sofisticados y se dedica 150 páginas a contar la historia de un huérfano, pobre, que no tenía que llevarse a la boca y eso significó un ejercicio de empatía, una revolución muy significativa de nuestra conciencia y, sobre todo, de nuestra relación con el otro.

“El Lazarillo de Tormes es un libro, evidentemente, escrito por una persona muy culta y se dedicó 150 páginas a contar la historia de un huérfano, pobre, que no tenía que llevarse a la boca y eso significó un ejercicio de empatía”

¿Cree que Don Quijote puede ser considerado como novela fundacional aún en el mundo anglosajón?

La literatura anglosajona tuvo esa característica tan curiosa de ser la primera que entendió lo que había hecho Cervantes. Después de la publicación de Don Quijote no hay una novela española que descubra y reconozca la novedad de que hizo Cervantes y, en cambio, pasan muy pocas décadas para que novelistas ingleses, sobre todo en el siglo XVIII, se den cuenta de la novedad que ha implicado Don Quijote para nuestra manera de explorar al ser humano. Así vinieron libros como Tristram Shandy de Laurence Sterne, o Tom Jones de Henry Fielding que son novelas declaradamente escritas bajo la influencia de la droga que era Don Quijote.

 Pero usted se lamenta del mundo actual y la situación tensa en la que se encuentra “este aparato” denominado novela.

Me preocupa la manera en que la novela, por la forma como funciona, parece estar, cada vez más, al margen de nuestra manera de estar en el mundo contemporáneo que, para mí, pasa sobre todo, por nuestra cultura digital.

Para mí, las redes sociales son un lugar de narcisismo y la novela es un lugar de curiosidad, puede que hasta altruismo, por el otro. Las redes sociales son un lugar de ruido, de distracción constante, de picoteo e informaciones superficiales y la novela exige una concentración, un silencio que determina la costumbre de pensar durante un tiempo sostenido en lo mismo.

De manera que son dos maneras muy distintas de relacionarnos con los otros y se oponen. En mis peores días pienso que ese mundo de las redes sociales está desplazando una relación con la novela que, para mí, es una relación con los mejores momentos de la creatividad humana y me pregunto si eso es de lamentar o si es una cosa que tenemos que aceptar.

 

Y qué se responde porque parece que usted ve en la novela un ejercicio de empatía y a las redes sociales como espacios de atacar al otro.

Déjeme responderle de esta manera. Una cosa que me ha preocupado mucho últimamente, también como colombiano, es la manera en que el mundo digital ha servido de hábitat de ciertos relatos falseados que han tenido mucha influencia en las últimas elecciones en todo el mundo. Tiene que ver con el hecho de que las redes sociales han tenido la capacidad de imponer como cierta una versión mentirosa de la realidad.

Creo que la literatura y el periodismo pueden ser maneras de resistir a estas versiones para buscar verdades más complejas de iluminar todo aquello que las versiones falsas han pretendido esconder. En ese sentido, sigo confiando ilusoriamente en que la palabra escrita y las artes narrativas, la literatura y el periodismo puedan, de alguna manera, defendernos de esas mentiras interesadas.

En mis peores días pienso que ese mundo de las redes sociales está desplazando una relación con la novela que, para mí, es una relación con los mejores momentos de la creatividad humana.

Si una lectura es circunstancias, depende de la edad o del momento en la que se hizo, ¿hay lecturas equivocadas? o ¿hay novelas equivocadas?

Hay momentos equivocados para llegar a ciertas novelas. Creo que la ficción en prosa es como un recipiente que recibe lo que nosotros traigamos al libro. Cuando uno lee Ana Karenina y lee que todas las familias felices se parecen pero que las infelices lo son cada una a su manera, la idea y las emociones y la experiencia que uno tiene de lo que es una familia, de lo que es la felicidad y la infelicidad no es la misma a los 20 años que a los 50. Leer la misma es una experiencia completamente distinta en esas edades. 

Si en su primer ensayo ya había dado algunas lecturas que le determinan como escritor, ¿por qué leer este?

Porque es una reflexión permanente. La novela es para mí un lugar de memoria, es un lugar donde recordamos cosas que la historia oficial quiere olvidar y es un lugar en el que aseguramos la permanencia de ciertos recuerdos que la historia oficial quiere suprimir, pero, al mismo tiempo, y eso lo digo, sobre todo, en el caso de (Joseph) Conrad sus la novelas anticiparon todo el colonialismo del siglo XX y hasta el terrorismo, con El agente secreto. Esas novelas nos hablan de lo que nos está sucediendo hoy y es una virtud misteriosa.

 

@vivimur83 / @elportalvoz Contacto: vivian.murcia@ibe.tv