| El Nuevo Siglo
Viernes, 19 de Julio de 2013

Privacidad, R.I.P.

 

Dos columnas muy bien pensadas y muy bien escritas (de Juan Esteban Constaín en El Tiempo, y Antonio Caballero, en Semana) trajeron al Puerto de hoy, el tema de la privacidad perdida, el espionaje al orden del día, y esa vitrina  casi inevitable, en la que se convirtió nuestra vida.

 

La modernidad nos volvió seres expuestos, públicos y escarbables, y parecería que ya no nos cobija la bóveda celeste con su manotada de estrellas y planetas con lunas y cavernas, sino una inmensa lupa mucho más plurifuncional que la de Sherlock Holmes; ésta del siglo XXI, ve, oye, traduce, interpreta, señala, acusa, denuncia, encarcela, mata, destierra,  declara guerras de todos los calibres, y sigue dando vueltas entre las venas de la selva y el espacio sideral.

No importa si el delator es un microchip o una antena satelital. La  intimidad perdió la partida, y cuelga en la red como un trapito en un tendedero universal.

 

Lo curioso -y casi tierno- es que aun sabiéndolo, todavía tenemos cajones con llave, passwords, y confesionarios. Encendemos la chimenea, y nos abrazamos con las cortinas cerradas. Le ponemos candado a la maleta, y construimos -entre amigos o entre amores- palabras cifradas, para que nadie más entienda el peso específico de alguna expresión.

 

Nos mata la ingenuidad, la nostalgia o el romanticismo, y uno que otro átomo de nuestro ser, sigue confiando en el silencio, en la confidencia y la guarda del secreto. Es casi un acto de compasión y benevolencia con nosotros mismos; es  necesario, como una primitiva tabla de salvación, ante los micrófonos y los ojos cibernéticos que nos vigilan y nos clasifican en inmensos archivadores virtuales de los que jamás podremos escapar.

 

El espionaje me parece inmundo, y una de las cosas que más me pueden indignar, es que me esculquen la mesa de noche, los bolsillos o el corazón. Aun quienes consideren que su vida es un libro abierto, pueden no querer que todos lo lean.

 

Sin embargo, no entiendo la tormenta desatada por la existencia del Gran Hermano. Desde siempre los gringos han hurgado la vida de los demás, y escandalizarnos ahora por la NSA (National Security Agency) es como sorprendernos porque las mujeres de Soho no aparecen con sastre y maletín.

 

Desde chiquitos los gringos han espiado; y los rusos; y los alemanes; y todos los que han tenido o quieren tener poder. De eso viven, y de eso se han lucrado quienes hacen negocios con ellos. Y me parece bastante hipócrita que ahora medio mundo ponga en la picota pública a Obama, como si el espionaje fuera su malévolo invento, con marca registrada. Sorry… Antes, en y después de Obama, la privacidad R.I.P.

Esta columna, aun antes de publicada, puede ser uno de los 1.700 millones de correos electrónicos que intercepta cada día la NSA.

 

Dicen que paredes y ventanas de su cuartel general, están forradas en cobre, para que no se filtren ondas electromagnéticas.

 

Bueno… los humanos estamos forrados en almitud, y eso nos hace vulnerables y poderosos, expuestos y furtivos, tan mortales y tan eternos, que solo pensarlo, da miedo y consuelo.

ariasgloria@hotmail.com