Ciudades trancadas | El Nuevo Siglo
Lunes, 24 de Septiembre de 2018

Entre los trancones oímos por radio las noticias a diario. Al menos en Bogotá se mal gastan casi que tres horas diarias en desplazamientos lo que significa un total de 15 horas a la semana (sábados ni domingos). Eso son 60 horas mensuales, algo así como dos días y medio metidos en el tráfico. Mientras eso ocurre, la radio suena en cada vehículo cargada con las malas, tristes, regulares y buenas (muy pocas) noticias.


Mientras los políticos hacen y deshacen a su antojo la vida ocurre entre el smog, el espiche en los buses y Transmilenio, el torrente de bicicletas y motocicletas que recorren las largas distancia rogándole a Dios cada uno por llegar bien a su destino superando además la inseguridad en las vías y andenes. Es difícil que no ocurran accidentes en medio de tanto caos, pero sobre todo del desespero de los ciudadanos tratando de llegar por la mañana al trabajo y por la tarde al hogar con estados de ánimo muy alterados.

Cuando la vida se convierte solo en trabajar y se destina un porcentaje mínimo a los hijos, la pareja, la familia y uno mismo, se pierde mucha humanidad. Y si lo pensamos bien, pues esta realidad la vemos a diario en las calles de las ciudades. Vías atiborradas de gente que se mueve de un lugar a otro perdiendo tiempo valioso, en lugar de estar con la familia que dejamos en la mañana y que nos espera por las noches. Y claro, luego nos preguntamos, ¿Pero qué será lo que pasa en las familias? ¿Por qué los niños están tan solos? ¿Quién está cuidando a los bebés? ¿Por qué los adolescentes drogados? ¿Por qué la gente no se sienta en el comedor al mismo tiempo? Pues porque no hay tiempo y en consecuencia prima la soledad, la falta de contacto y de conexión.


Parecería que la política ocurre sin que nuestros líderes se percaten de los bajos niveles de bien-estar de los ciudadanos que gobiernan. En las ciudades se siente un estado de ánimo colectivo de desasosiego una especie de mensaje que llega desde arriba de “vean a ver ustedes qué hacen”, aunque tampoco ayuda mucho, a decir verdad, el bajo sentido de convivencia colaborativa entre los ciudadanos. Cada uno aplica el dicho de “sálvese quien pueda” y mientras el damnificado no sea yo, los demás que vean a ver cómo sobreviven.


Entre trancones ocurre la vida y si nos ponemos a multiplicar el número de horas colectivas perdidas en el tráfico, al menos en Bogotá, podemos pensar que si se pierden 3 horas diarias por persona y calculamos un millón de ciudadanos que se desplazan por la ciudad serían tres millones de horas perdidas. A los economistas les encanta llevar esas cifras en términos de productividad perdida, yo siento que es tiempo dejado de vivir con alguien. Y cuando es una sola persona a la que le pasa eso, pues vaya y venga, pero si pensamos que en Bogotá la tercera parte de la población son niños, ¿quiénes están con ellos mientras sus padres están en los trancones?


Los políticos peleando a diario en radio y con su audiencia que en el tráfico. Ojalá alguien les dijera que eso que hacen en nada cambia para bien el cotidiano vivir de la gente.
 

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