LA detención de Manuel Rosales a su llegada a Venezuela, el pasado jueves, estaba más que anunciada, incluso aunque tras su exilio hubiera desaparecido virtualmente de la escena política. Esa ha sido una de las estrategias del gobierno de Nicolás Maduro desde su precaria elección en 2013: decapitar a la oposición por todos los medios posibles, desde la intimidación personal hasta la inhabilitación disciplinaria o fiscal y la judicialización arbitraria. Una oposición sin cabezas visibles, sin